Kony nos vigilaba en el Nilo



La curiosidad de un puñado de famosos que atienden a avisos de injusticias -en este caso, la organización Invisible Childrens fue quien dio el grito-, ha permitido divulgar a millones de personas las carnicerías que desde hace décadas ejecuta el “señor de la guerra” entre Uganda y Sudán.
Cuando en 2002 viajé a lo largo del Nilo en compañía del director de cine Agustín Villaronga, la traductora Yolanda y el guía John, Kony ya era famoso. Y su anarquía, uno de nuestros mayores miedos.
Ahora, al leer la noticia de que Kony se ha convertido en trending topic en Twitter me doy cuenta de que hace exactamente diez años yo estaba regresando de África. Diez años que trabajo en un libro sobre el río Nilo. Y de que fue hablando sobre Kony cuando John dijo ese “Nada es tan peligroso como te cuentan”, que más tarde serviría para promocionar mi novela Sudd.
Por entonces, John creía que Kony no iba a detener nuestro camino hacia el norte. Pasaron muchas cosas, todas se explican en el libro que espero acabar algún día. De cualquier modo, creo que es el momento adecuado para dar luz a un par de fragmentos de ese libro en gestación. Ahí van.


En el agua: llanura Kyoga 

Míster Vil y Yolanda recitan los diez primeros números en swahili. Se corrigen uno a otro, pero poco, porque tienen buena memoria. Los pasajeros del matatu les miran sonriendo. Yolanda también dice safari y simba, que significan viaje y león. El D.V. Parrot’s Concise Swahili and English Dictionary es un útil apreciable en Uganda, aunque siga resultando insuficiente para explicar según qué realidades: nuestro próximo safari apiña a 23 personas en el matatu.
— Mi récord es 31-, dice John, que está leyendo The New Vision, un periódico en inglés. La portada difunde que el padre de Kony ha muerto. Kony es el líder del LRA, esa guerrilla en horas bajas a la que Sudán está retirando el apoyo. Kony tiene fama de carnicero. Es fácil imaginar su rabia contagiada a las hordas que vagabundean por las sabanas del norte, entregadas al saqueo y las refriegas asesinas.
— La cosa se puede poner fea—, digo.
— Bah, nada es tan peligroso como te cuentan —responde John—.
Luego llegas allí y no pasa nada. Tengo un amigo en Arua que nos ayudará a movernos por el norte. Míster Vil lee con atención The New Vision, los ojos muy abiertos, el gesto algo torcido, fruncimientos en la frente.
Yolanda sigue recitando en swahili. Por las ventanillas entran rachas de viento caliente y polvo. Cada vez somos más. Unos se sientan sobre otros, se acoplan como pueden. Los que se conocen amagan darse la mano pero sólo rozan las yemas de los dedos, muy suave, y a veces dicen eeeeehhhh.
Las mangas ajamonadas bailotean en los hombros de las señoras de estética colonial. Algunos estampados de flores incorporan pigmentos áureos que envuelven a las mujeres en centellas, como si fueran hadas o unas brujas de postín.
La señora más arrugada del matatu me acaba de coger varios pelos del brazo, los estira con delicadeza y todo el mundo alrededor empieza a reír y a contarse el descaro de la vieja. Los de los asientos delanteros giran la cara riendo. La señora me sigue tirando del pelo. Me mira un segundo. Y tira más fuerte. John observa la escena por encima del periódico, tan sonriente como Yolanda y Míster Vil. Supongo que la atracción por lo latino es grande en una región donde hasta hace pocos años lo más raro era un chino o un británico. La señora me acaricia el antebrazo y cabecea. Sí, señora, soy un blanco peludo. Las más jóvenes cuchichean de una oreja a otra, agazapadas, repasándome con reojos. Muchas sostienen en el regazo a niños mofletudos que alargan las manos para también tocarme el pelo. Qué espectáculo. El futuro y la democracia han traído hombres morenos velludos a Uganda.
Por los márgenes de la carretera circulan centenares de bicis y gente a pie. En los campos frondosos, hombres agachados balancean miniguadañas con cadencia pendular y a cada bandazo saltan despedidas numerosas briznas de hierba. Los segadores se suceden a lo largo del camino, como los vendedores de huevos, de agua o matoke que aguardan en las paradas. Los chavales cuelan sus productos por las ventanas, y se les compra sin salir del auto.
En el interior del matatu hace un calor cada vez más agobiante que contribuye a deformarnos las muecas al final de esa historia rocambolesca. Pronto será mediodía y viajamos comprimidos. Cuando el auto se detiene, nadie sabe cuándo volverá a arrancar. El chófer se apea, roza sus yemas, habla con varios hombres de manera familiar. En el interior, las pieles se van tiznando de mador. La gente permanece quieta. Pocos hablan. John pasa otra página de periódico. Bajo una ristra de imágenes, el pie de foto dice: “Mao quiere hablar de paz, Kony dice que está listo, Museveni ha puesto condiciones, Nankabirua dice que no es fácil”. El texto informa de que en los últimos tres meses 112 rebeldes han muerto en el norte de Uganda, y cientos de personas secuestradas han sido rescatadas.
Más de sesenta rifles fueron confiscados a la guerrilla, además de un lanzacohetes B-10 antitanque. Míster Vil resopla encogido contra la ventana y prueba una posición de tai chi que no logra consumar. Yolanda continúa murmurando las lecciones de swahili.
Los peinados de algunas señoras precisan escabeles para evitar que se deformen. Son peinados recios, pseudoalámbricos. De la Europa neoclásica. Los varones llevan el pelo muy corto y rizado. Muchos se afeitan la cabeza más o menos una vez a la semana.
El matatu arranca. Seguimos hacia el norte a la vera de fértiles ribazos, junto a cursos de agua bordeados por un bosque marginal que de pronto se extiende y penetra tierra adentro. Un bosque digital: a menudo toma la forma de un dedo.
— ¿Qué? ¿Qué dice el periódico?—, le pregunto a John. Su melena revolotea, cosas de la velocidad.— -La banana corre peligro de extinción —me enseña el titular—. Si se continúa comiendo a este ritmo, en dos o tres años se acabaron el plátano y el matoke.
En Uganda se come matoke porque no hay mucho más. Varios proyectos internacionales para la alimentación repiten que el momento es crítico, jamás antes fue tan desastroso. La guerra ha exacerbado el hambre. Se multiplican los vientres y caderas esteatopígicos a la vera de la jungla tropical, el paraíso de las frutas y las bestias. De la comida al alcance de la mano. Menuda contradicción”.

Tras un viaje en camión a través de una carretera abominable, la que dividía la sabana atestada de animales salvajes en libertad de los territorios ocupados por la guerrilla de Kony, alcanzamos la localidad de Packwach. La intención era continuar hacia el norte y cruzar la frontera hasta la ciudad sudanesa de Nimule. John insistía en que cruzar la frontera era factible. En Packwach descubrimos la verdad.

“El siguiente poblado es cien por cien postcavernícola, muy ajeno al ladrillo. Luego superamos nuevos controles de soldados indiferentes a nuestra raza. Quizá no hayan visto mucho más que sabana a lo largo de su vida pero sí lo suficiente para saber que hay cosas más preocupantes que el pigmento cuticular. Al menos una cosa más preocupante: la atrocidad.
Míster Vil y Yolanda se gastan alguna broma, se cuentan cualquier historia. A veces cierran los ojos y, simplemente, viajan. En el siguiente poblado, varios civiles charlan en el suelo con soldados a medio vestir. Paramos un momento que John aprovecha para fotografiar a la gente, es un tipo hiperactivo. El camión continúa.
En esta carretera hay leopardos en las copas de los árboles. Cazan de noche. Cazan antílopes, monos, hyrax, y suben las presas al árbol. Las ramas son su despensa.
—Os ha gustado la caña, ¿eh? —dice John—. La primera vez que yo la comí también fue en un camión.
Pakwach y su puente se perfilan en el llano. Una larga caravana de trailers espera a las puertas de la ciudad. Pakwach es la primera gran ciudad del Nilo Alberto.
En 1975 fue devastada por un incendio y periódicamente se realizan aclarados contra plagas que destruyen los cultivos y provocan enfermedades, como por ejemplo la plaga de las tsé tsé. Industrialmente, Pakwach y la zona oeste del Nilo son propicias para la diatomita usada en insecticidas, las fábricas cerveceras y las algodoneras. El lago Alberto se ha empezado a explorar como yacimiento petrolífero.
Nos instalamos en el hotel con billar donde el otro día encontramos al lector de la camisa rosa. Aquí también disponen las habitaciones en torno a un patio rectangular, es la fórmula nacional. En el patio charlan Humbert y Steven, dos periodistas de Radio Gulu, y otro reportero, Wad Ayo.
— ¿Habéis venido por la carretera de Karuma? —pregunta Humbert, blanco y holandés—. ¿Y no habéis visto un camión tumbado a pocos kilómetros del principio?
— Sí —digo—. En realidad he contado seis o siete camiones tumbados en total.
— Bueno, pero al primero lo saquearon ayer. Un pelotón de rebeldes lo atacó, robó todo lo que había y luego le prendió fuego.
Ayer.
— ¿A qué hora? — A las cuatro y pico.
Son las seis y media. A las cuatro y pico circulábamos por la carretera de Karuma. Dan ganas de hacer un par de cosas. De apretar los puños. De rechinar los dientes. De buscar a John y gritarle a centímetros de la cara. De momento despliego el mapa sobre el suelo del patio.
— Llegar aquí — dice Humbert poniendo el dedo en Moyo — es factible. Pero cuidado con pasar a Nimule. Ahí se vuelve a cruzar el río y empieza la vaguedad, nada es seguro.
En el patio, varias mujeres llenan un depósito con barreños de agua. Otra ha prendido la llama de una especie de calentador.
— Nosotros mañana viajamos a Nimule — añade Humbert—, pero después de que un grupo de zapadores haya peinado la pista. Nos escoltará un convoy militar, es una zona muy difícil. John irrumpe en el patio. Ha debido escuchar las últimas palabras porque se presenta diciendo que
— De todos modos, nosotros tenemos contactos, gente que nos va a facilitar el paso.
— ¿Pero has hablado con Kony?—, pregunta Humbert.
— Bueno, hemos tenido contactos.
— ¿Habéis visto a Kony? ¿Os ha asegurado algo?
— No exactamente, pero…
Humbert no responde por la boca. Basta mirar su cara. Steven sacude la cabeza. -Yo iría con mucho cuidado.
— Esa gente es muy peligrosa — insiste, subraya, repite Humbert—. Están desorganizados, en estampida, y nadie sabe lo que pueden hacer. La mayoría son Acholi, niños de entre ocho y doce años extirpados de su casa —eso ha dicho: “extirpados”—. Los militares asesinaron a sus familias y los reclutaron como armas potenciales, no tienen ideología, es tan solo un ejército bestial, pero por eso muy vulnerable cuando se le obliga a pensar. Kony lo sabe, claro, y nos ha concedido una entrevista. Nunca sale por medios de comunicación pero ahora quiere hablar. Atraviesa una situación complicada. Sudán le está retirando los apoyos.
— ¿Y más allá de la frontera con Sudán?—, pregunto.
— Uh. —Es aún más peligroso.
—¿Cuánto hace que trabajáis aquí?
Lo bastante para ser especialistas en la zona. Una chica cuelga la colada en el tendedero al final del patio.
— Yo de ti no lo haría-, dice Humbert”.

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