¿Salvados por el orden?


Al margen del mundo tecnológico con el que se les identifica, los japoneses son virtuosos en prácticas tan domésticas como el cuidado de bonsáis o el ganchillo. Lo casero les entusiasma. Han hecho de Japón el hogar que les da una seguridad imposible de conseguir fuera del archipiélago, donde se extienden territorios de costumbres demasiado poco rígidas para su comprensión. Sí, reconocen que se comportan de un modo distinto al resto del planeta, ¿y qué? ¿Acaso no les va bien? Así pensaban hasta hace poco. El secreto de su extraordinaria organización está en cómo han sublimado el orden. Ocupar “el lugar correspondiente” en el sistema es un principio fundamental japonés. La jerarquía se respeta sin titubeos. El jefe manda; el empleado obedece; unos y otros se respetarán mutuamente, y como nada de esto se cuestiona, Japón es uno de los países desarrollados con menos afiliados a sindicatos. La familia está gobernada por los ancianos. El país, por el emperador. Una cumbre del ascendente del emperador sobre su pueblo se alcanzó tras la derrota frente a Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, cuando el mandatario ordenó recibir cordialmente a los invasores, y la gente que acababa de sufrir la bomba atómica acogió a sus verdugos con saludos y sonrisas. Los americanos no podían creer la sinceridad de aquellos gestos porque desconocían la inmensa capacidad para el cambio que poseen los japoneses. “Es el país más extranjero que he conocido”, resume un diplomático trotamundos. Como señaló la antropóloga Ruth Benedict en El crisantemo y la espada, los japoneses saben cambiar sin experimentar daños psíquicos porque entienden la vida como contradictoria. Tras la guerra, asumieron la derrota, la muerte de una idea que habían intentado exportar al mundo, y decidieron reconstruirse asimilando numerosas ideas que traían los vencedores. Dictaron nuevas leyes. “Tras la derrota en la guerra no había ni una norma del emperador ni nada –dice el escritor Yasutaka Tsutsui–. Las nuevas leyes ayudaron a la pacificación. Pero cuando ya teníamos suficiente, siguieron poniendo leyes. Y más leyes”.

Seguridad.
Hoy, las calles de Tokio concentran una superlativa cantidad de indicadores. En las obras pueden encontrarse rutilantes carteles de advertencia, conos fluorescentes y al menos dos empleados con casco y guantes que supervisan el paso de los peatones. La seguridad se duplica o triplica respecto a otro país.

Las precauciones higiénicas están a la par. Los guantes son un recurso profiláctico común, y hay gente que hace footing con guantes en verano. Es habitual proteger el rostro con mascarilla, disponer de líquidos desinfectantes en lugares donde se sirven comidas o que los inodoros públicos reluzcan. Y se recicla por instinto, al haber concluido que casi 130 millones de personas en un espacio tan mínimo necesitan extremar la limpieza.

La colaboración ciudadana permite, según el Ayuntamiento, que Tokio posea el índice de criminalidad más bajo de las metrópolis mundiales. El sentimiento de responsabilidad lo ilustra Ryu Wacao, a quien el terremoto del año pasado sorprendió comiendo en un restaurante: “Salí corriendo para salvar mi vida. Días después volví a pagar la cuenta”. Miles de personas hicieron lo mismo en otras tiendas y grandes almacenes. Acostumbrados a los golpes, descartan lamerse las heridas. Hay que recuperarse. “El día después del terremoto y el tsunami, la mayoría de los establecimientos estaban cerrados –indica Teresa Iniesta, responsable cultural del Instituto Cervantes en Tokio– e interrumpimos la programación. Pero los alumnos pidieron que continuara porque si no cómo vamos a recobrar la normalidad, decían”.


En los audios que reproducen el momento del terremoto y el tsunami se escuchan oooohhhs largos aunque moderados. Se ve a japoneses apresurados, pero no exactamente presos del pánico. “En Japón, gritar, reír o hablar con la boca muy abierta es de mala educación”, recuerda la administrativa Miki Yamada. “Y cuando las aguas inundan torrencialmente una aldea japonesa –señalaba la antropóloga Benedict–, toda persona que se respete a sí misma recoge las pertenencias que piensa llevar consigo y busca tierras más altas. No hay gritos, carreras alocadas ni pánico. Tal comportamiento es parte del respeto que una persona tiene hacia sí misma en Japón, aunque sepa que no va a sobrevivir”.

La meditación zen ayuda a la autodisciplina. Someterse a pruebas rigurosas demuestra fortaleza. “El frío endurece”, dicen aquí, y por eso hay escuelas donde los niños están sin calefacción en invierno. Así podrán soportar mejor las nuevas normas postsunami de la Administración, que ha impuesto temperaturas mínimas y máximas en los aparatos de aire acondicionado para ahorrar energía.

Como también hay órdenes de moderar el gasto en alumbrado, muchos japoneses entran al trabajo más temprano para amortizar las horas de sol; y las noches en el glamuroso barrio de Ginza han perdido luces y, con ellas, compradores chinos de alto standing. “Muchos chinos han dejado de venir, y otros que vivían aquí se han ido. Ahora copiarán lo que han visto aquí en su país. Sólo quieren dinero”, dice un vendedor de relojes en Ginza.

China.

Criticar a los chinos distrae de los males internos. Después de los coreanos, son la mayor comunidad residente en Japón. En Yokohama poseen barrio propio, y en el distrito de Shinjuku rivalizan con los indígenas por el control del ocio nocturno. Una parte de la prostitución y el alcohol pasa por manos chinas mientras, a su vez, miles de trabajadores de aquel país se desloman en las fábricas produciendo industrialmente, aunque en esto no se distinguen demasiado de los japoneses.

Sea como sea, abundan los que comparten las palabras del agente literario Kenny Okuyama: “China es un mal necesario. No podemos vivir sin ellos. Pero lo copian todo”. “Y encima copian mal –añade el ingeniero en telecomunicaciones Naruto Fukumara–. Nos copiaron el shinkansen (tren bala) y mira lo que ha pasado”. En verano, un tren bala chino descarriló. El accidente fue criticado desde todos los ángulos por los medios de comunicación nipones, sin escatimar sarcasmos y chistes.

“Cómo podemos atacar a los chinos cuando acabamos de sufrir Fukushima –cuestiona el escritor Kyoichi Katayama–. El problema de los chinos es adaptar tecnología que no saben dominar. Exactamente lo mismo que nosotros, que traemos material de Estados Unidos, pero no se controla”.

Radiactividad.

Y es que ni siquiera el shinkansen puede desviar la atención de esos noticiarios cargados con 2.600 cabezas de ganado contaminadas, con peces que presentan índices de cesio cien veces superiores al aconsejable, con niños de orín radiactivo...

Los edificios de Tokio resistieron bien el último gran seísmo, pero la enorme grieta del edificio situado frente a la comisaría del barrio de Harajuku inquieta más que otras porque trae el recuerdo de algo terrible y tiende demasiada sombra sobre el porvenir. Y sin embargo... “estamos acostumbrados”, dice un joven oficinista que vuelve del trabajo en metro, donde las pantallas del vagón enseñan a actuar en caso de terremoto. La noche anterior, un temblor sacudió Tokio durante casi un minuto. ¿No piensas en marcharte a otro lugar? “¿Y quién quedaría para impulsar el país?”, responde el oficinista.

“Las autoridades aseguran que no hay peligro. Estas capturas han pasado los controles”, dice Yu Ina, pescador que acaba de descargar una red de anguilas en el mercado de pescado de Tsukiji, el más grande del mundo. Atunes colosales y pulpos, cohombros marinos, calamares y almejas fantásticas extraídos de un mar cuya radiación hace unos meses superaba cinco millones de veces los niveles permitidos.

De todos modos, el sushi y el sashimi siguen triunfando en los restaurantes. Renunciar al pescado quizá sería admitir demasiado. Con todo, las importaciones extranjeras, por ejemplo de atún de Cádiz, van en aumento. Fukushima era el segundo mercado de pescado de Japón.

“Me da más miedo la comida china. Hace unos años se descubrieron varios casos de empanadillas chinas envenenadas”, afirma Miki Yamada, mientras da una calada a su cigarro. En Tokio se puede fumar en el interior de los locales aunque al aire libre se delimitan los espacios para fumadores. “Se supone que fumar también mata, ¿no? –añade el tatuador Horimomo con un cigarro entre los dedos–. Si te mudas, cambiarás una inseguridad por otra. Qué más da”. “Yo no he cambiado un solo hábito de mi vida”, coinciden Kimura (chef), Yuriko (profesora), Sasuke (ama de casa) y Jiro (ejecutivo).

“Quienes sí huyeron tras el terremoto y el tsunami fueron los extranjeros”, observan algunos con sorna. “Los japoneses han acuñado un nuevo término para denominar a los gaijin (persona de fuera) –explica Víctor Ugarte, director del Instituto Cervantes local–: ahora somos flyjin, que significaría persona que vuela. Porque dicen que muchos extranjeros abandonaron el país tras Fukushima. Me han preguntado varias veces dónde escapé. Respondo que me quedé aquí. Y entonces les pregunto qué habrían hecho ellos de haberse encontrado en idéntica situación en Europa. Se quedan en silencio”.

Nos han enseñado que el silencio es mejor y que, antes que el ruido, casi cualquier cosa”, afirman Akio y su novia, Naomi, caminando junto a un carril bici donde nunca suena un timbre. Los autos no recurren al claxon. En la calle, se escucha el pitido de los semáforos con nitidez y el suave deslizarse de los coches eléctricos.

“Nos han enseñado que el silencio es mejor y que, antes que el ruido, casi cualquier cosa”, afirman Akio y su novia, Naomi, caminando junto a un carril bici donde nunca suena un timbre. Los autos no recurren al claxon. En la calle, se escucha el pitido de los semáforos con nitidez y el suave deslizarse de los coches eléctricos.

En silencio, los japoneses incuban sus formidables contradicciones estimuladas por un código de conducta que a menudo les incita a hacer una cosa y su contraria. Para meditar más a fondo, se aíslan. La superpoblación también invita a buscar un espacio propio. En un tren nocturno, un señor se levanta cuando una chica se sienta junto a él, y busca un lugar solitario. Muchos se entierran en sus teléfonos móviles para no cruzar la mirada con nadie. Las máquinas expendedoras son un gran negocio, los clientes prefieren no tratar con dependientes. ¿En qué piensan, tan callados?

“Debemos cumplir con el país”, ha sido hasta ahora su solución final. La felicidad se disfrutará cuando se pueda, si es que se puede. Antes hay que cumplir con las obligaciones, palabra que tiene en japonés más acepciones que en ninguna otra lengua.

Obligaciones.

La obligación de trabajar y rendir al máximo permite cubrir la deuda con la sociedad y olvidarse de otros asuntos. No superar el 5,7% de paro desde que la crisis económica comenzó a azotar al país les anima a trabajar una barbaridad. A los hombres, especialmente. “Qué bien que hayáis venido, así puedo pasear por la calle. Hacía meses que no salía. Todo era oficina-casa, casa-oficina. No tengo tiempo para más”, dice la traductora de los periodistas, mujer trabajadora en un país donde el machismo impera. Los restaurantes están llenos de hombres solos a mediodía. “En un cóctel con más de 40 directivos, yo era la única mujer –dice la empresaria Hideki Okasawa–. Uno de ellos me preguntó si era la hija del director. Y otro, que de quién era secretaria”.

De todos modos, psicólogos japoneses aseguran que la situación castiga más a los hombres, quienes soportan la tremenda presión de ganar suficiente dinero para mantener a la familia. No lograrlo se considera un fracaso, mientras que la mujer dispone de calma y tiempo para divertirse y cultivarse.

Dentro de la ciudad, existen locales donde batear beisbolísticamente o pegar bastonazos de golf, formas de descargar la tensión. Otros eligen las ensordecedoras salas de pachinko (juegos del tipo pinball) para abstraerse intentado ganar una tostadora o un oso de peluche. “Yo, algunos viernes, cuando termino de trabajar, me voy al karaoke a cantar a Jimmy Hendrix, a los Beatles”, dice Kenny. ¿Con amigos? “No, no. Voy solo”.

Los love hotels procuran otro tipo de desfogue, si bien ya no dejan entrar a personas solas porque muchas iban a suicidarse. Las parejas a menudo disponen de una gama de disfraces que oscilan del Ratón Mickey a Afrodita A. “Tener amantes es algo más o menos consensuado. Tanto por ellos como por ellas”, explica un hombre que frecuenta a prostitutas en el licencioso departamento de Kabukicho.

Los cómics manga y las consolas de videojuegos son casi segundas pieles para millones de jóvenes y adultos. Pese a todas estas válvulas de escape, el consumo de antidepresivos aumenta. “Demasiadas normas –insiste el escritor Tsutsui mientras fuma y ríe–. Eso no es bueno. Hay que buscar la libertad. Yo lo hice. Sólo cuando me desmarqué de los cánones e introduje la primera persona en mis libros pude escribir bien”. Violencia, humor y reflexión son el cóctel genial de Tsutsui.


¿Cambios? 
Los japoneses acataban más o menos su sistema, pero desde el accidente de Fukushima, el lugar correspondiente a cada uno se pone más en entredicho. “No imaginé que eso pudiera pasar aquí –dice Honoka Misaki, ama de casa–. Tenemos unos sistemas de seguridad peores de lo que pensábamos”. “Desde la entrada de Estados Unidos se han hecho muchas cosas mal –indica Kyoichi Katayama, escritor superventas desde que una cantante de moda aseguró que había leído Un grito de amor desde el centro del mundo sin dejar de llorar–. La uniformidad global nos está llevando a esto. También a que haya menos matrimonios, se tengan menos hijos...”. “Somos una sociedad de ovejas”, sentencia el promotor inmobiliario Izanagi Uchida.

“Pero las cosas están cambiando. Al emperador sólo le escuchan la ultraderecha y los ancianos”, aseguran en la barra de un bar, aunque esto no es del todo cierto, según Víctor Ugarte: “Aquí nadie se salta la jerarquía. El más punkie, si se encuentra con alguien de alto ascendente social, se pondrá a hacerle reverencias como el que más. Las discrepancias se quedan en la moda, en la imagen pública. El trato particular continúa igual”.

Cambiar se les da bien a los japoneses, aunque sólo si lo hacen en bloque. Ahora la cuestión es: ¿hacia dónde ir después de la catástrofe? “No hay callejones sin salida” es la máxima que durante décadas les ha sostenido e intentan enarbolar de nuevo.

Pese a que los gobernantes ocultaron información clave tras el accidente de Fukushima, a que miles de personas continúan desplazadas de sus casas y a la incertidumbre sobre el futuro de la central nuclear, tienen muy interiorizado que la fuerza de carácter se halla en la conformidad, no en la rebeldía. Y que sólo ordenadamente unidos podrán salvar algo.

Aun así, el descontento es patente, y la vergüenza se ha extendido entre los políticos que debían velar por la nación. Muchos de los suicidios que ocurren en Japón tienen como móvil la vergüenza. Suicidarse no se ve como un sacrificio sino como un gesto de honestidad. Quién sabe qué habrá impulsado al parlamentario Yasuhiro Sonoda a beber en público agua recogida junto a la central nuclear contaminada. “El profesor no puede reconocer que no sabe”, señalaba Benedict en su libro. ¿Yasuhiro Sonoda sabía que en esa agua no había partículas radiactivas? “En la victoria o en la derrota, necesitan sentirse respetados”, agregaba Benedict. Y a Sonoda se le respetará. “No hay callejones sin salida”, se repiten los japoneses en silencio mientras ven a Sonoda beber. “No hay callejones sin salida”. Quieren creer que les está diciendo la verdad. Pero si descubren que les han mentido, ¿qué harán?

Artículo publicado en el Magazine de La Vanguardia 
Fotos de Carles Mercader

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