La ciudad en la historia



La ciudad en la historia; Lewis Mumford; Pepitas de calabaza; 1055 pág.

Ahora que los escaparates abarrotados de libros y los adjetivos laudatorios que tantas veces se revelaron falsos o gratuitos dificultan más que nunca elegir una lectura fiable, La ciudad en la historia de Lewis Mumford ofrece al menos la garantía de seguir en el candelero medio siglo después de su publicación. Para mí es una obra magna, capital, imprescindible, pero esto son adjetivos y acabo de restarles crédito.
En cualquier caso, en pocos libros de ensayo late el espectáculo de la Historia con una fuerza tan absorbente. Un despliegue de inteligencia analítica para enmarcar. 1055 páginas de una sabiduría crítica que, como no pretende neutralidad, tampoco escatima varapalos u ovaciones en función del tipo de ciudades escrutadas. Opiniones que siempre se lanzan desde el estudio de los distintos modelos, y de sus consecuencias objetivas. Implacable con los contaminadores, propulsor de los diseños más respetuosos con el medio ambiente y la felicidad individual, Mumford amortiza sin complejos la perspectiva que le ofrecen milenios de historia humana.
El libro arranca señalando la inclinación de las personas a almacenar y asentarse. A partir de ahí, traza un recorrido de los asentamientos que abarca desde la caverna hasta Gaudí o el Empire State y durante el que expone cómo se va depurando la idea de arquitectura y ordenación urbana. Mumford llama la atención sobre la influencia de la religión a la hora de decidir enclaves, cómo el realce de la mujer inauguró espacios, o las supersticiones terminaron por “ordenar” sus propios rincones. Resulta apasionante avanzar por la Historia observando cómo la humanidad ha ido adaptando los lugares físicos a sus límites morales. Por eso, este libro antropológicamente delicioso aporta un caudal de datos razonados y descripciones objetivas que ayudan a entender un poco mejor por qué somos quienes somos y vivimos donde vivimos. Por ejemplo, aquí se habla de la pérdida de influencia de los ancianos en las urbes y de la estructura psíquica paranoide que se transmite a través de la ciudad amurallada, que no es más que la expresión colectiva de una personalidad que carga una coraza demasiado pesada.
De algún modo, Mumford nos dice que las paranoias individuales de unos cuantos megalómanos han repercutido en el diseño de la mayoría de ciudades, inoculando sus privadas perturbaciones, cuando no demencias, al conjunto de la población a través de la estructura. Entrar en los pasadizos, murallas, callejuelas, avenidas o parques de una ciudad equivale a transitar el laberinto de una mente humana, por lo general no exactamente saludable. “Sus estructuras reflejan los defectos de su personalidad, de sus métodos segmentados de pensamiento”, escribe Mumford, aludiendo a los que las idearon.
Amparado por su propia meticulosa prospección, que le concede osadía, Mumford desmonta lugares comunes como el dicho clásico que define a la evolución de las sociedades humanas como una constante lucha de todos contra todos, viniendo a sugerir que Hobbes era un cuentista y demostrando que eso de que “la guerra es tan antigua como la humanidad” es una mentira azuzada por grupos de poder interesados en matanzas que dirigen ellos.
Éste es un libro, en fin, que induce a dar batalla, y otra espoleta son esas polémicas sentencias que en ocasiones se encadenan a pasmoso ritmo -”Hay una evolución por atrofia”, “El poder y el control se ennoblecieron en la justicia”-, torpedeando la línea de flotación de los engranajes civilizados actuales, si bien esta ofensiva más radical la lanza después de cientos de páginas, confiando en que el lector le avale tras haber demostrado su amplísimo conocimiento de los orígenes, incluido cómo se forjaron esos sistemas que han dado forma a unas ciudades primero, metrópolis después, en los que siempre se ha priorizado el estatus y la intimidación al auténtico bienestar de toda la comunidad.
Otra prueba de que éste es un libro para la revuelta. Mumford no hace concesiones, ni siquiera a “la actividad gregaria del paseo”, y aún más contundente se muestra ante “el ruido de las máquinas” que durante mucho tiempo los mandamases no intentaron rebajar porque a través del estruendo manifestaban su poder.
Es en este ruidoso tramo, el de los dos últimos siglos, donde el libro adquiere una intensidad aún mayor, por la cercanía temporal y porque es cuando la urbes se magnifican y algunos arquitectos procuran pensar ciudades más dignas. Mumford introduce entonces sus propias sugerencias, como la necesidad de usar la basura como abono agrícola, (hay que valorar que el libro lo publicó en 1961, sin multitudinarias campañas de reciclaje a la vista). También denuncia las ciudades subterráneas, la vida encapsulada en los suburbios, cómo la ciudad mecánica añade pasividad y docilidad en nuestras vidas hasta disponernos a aceptar sin más todos esos servicios y productos metropolitanos que son simples subproductos de la congestión. Indicando que, al aceptarlos, acrecentamos esa misma congestión, y no es casualidad que por nuestras ciudades pululen más de doscientas sustancias tóxicas a diario.
Pero al margen de esta vertiente pseudoapocalíptica, Mumford se lanza a construir proponiendo la instauración de nuevos modelos urbanos de autocontrol orgánico, con autonomía para sostenerse; o señalando modelos de flexibilidad para adaptar la ciudad al paisaje y el clima poniendo como “nobles ejemplos” de diseño cívico a Amsterdam, Francfort y Estocolmo. Estas, entre otras aportaciones. Y aquí su enorme valor. No podía ser de otra manera. Si no, cómo se habría atrevido a escribir un libro basado en negativas. Cualquier pensador, y Mumford lo es, debe entender que no puede levantar nada lo bastante útil basándose en la sistemática destrucción y por eso, porque su aspiración final es servir a su comunidad, el autor señala modelos para prosperar.
Según Mumford, el planeta no ha experimentado ningún adelanto significativo en lo que respecta a distribución del amontonamiento de seres humanos desde el siglo XVII. Es rotundo, no divaga. Con frecuencia, su lenguaje adopta un aire de voz en off legendaria (“viveros humanos crearon una raza de seres defectuosos”) que cala épicamente y confiere una atmósfera casi novelesca a varios fragmentos de esta narración en realidad tan ensayística.
Cuando aborda los destrozos que están causando las ciudades modernas impulsadas por la pura inercia de tres siglos de expansión, Mumford se muestra feroz desde su magnífico raciocinio. Alinea las críticas, una tras otra, como descargas de artillería incesante, poniendo en la picota a este sistema hipócrita y saturado de contradicciones gobernado por una gestión mentirosa que avalan ciudadanos ignorantes o -aún peor- conformistas que han entrado en el juego de la profecía que anuncia una especie de debacle o de fin del mundo contra la que nadie puede hacer nada. Para estas víctimas anticipadas, Mumford tiene una respuesta sencilla: las profecías tienden a autojustificarse. Cuanto más se cree en ellas, mejor actúan. O sea que si creemos que nos vamos a hundir, nos hundiremos.

Mumford trae la revolución desde el año 61, y es que medio siglo no es gran cosa, por no decir nada, aún menos para alguien que viene de explorar la era de las cavernas. Sabía que su mensaje perduraría. Su motor fue el de la Historia interpretada con sus propios ojos, el de la opinión fundada en el contraste, la sinceridad y el anhelo por una vida mejor en la Tierra. La moral limpia y la honradez se conservan muy bien en papel, son como un elixir de juventud, de modo que cuando alguien lea hoy este libro de un sexagenario (lo era cuando lo escribió) puede que le sorprenda cuánto comparte todavía con ese neoyorquino nacido el siglo pasado al que la muerte no ha restado vigor.  

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