¡Melisande! ¿Qué son los sueños?


Hay novelas que desde el título anuncian una sensibilidad delicada, y en ésta de Hillel Halkin hasta el nombre de la protagonista desprende hermosura. No son muchos los títulos que de partida sugieren tanto, y aún menos, muchísimos menos, los que además denotan originalidad. Por eso, ¡Melisande! ¿Qué son los sueños? es un título para enmarcar. Por su singularidad radiante pero también porque ese puñado de palabras resulta lo bastante sincero para reunir los atributos principales que definen a la historia que presenta: sugerencia, belleza, valentía narrativa. En este caso, el envoltorio no engaña.

¡Melisande! cuenta la historia de Hoo y Mellie, desde que se conocen en el instituto hasta el instante crítico en el que un maduro Hoo rememora su vida juntos. Su relato es la novela. La revisión comienza en la juventud que compartieron con su común amigo Ricky, vitalista transgresor con el que impulsaron una pequeña revista literaria y cuya arrebatadora fuerza acabó conquistando a una Mellie que no obstante también se sentía atraída por el más modoso Hoo. La relación del trío y su forma de avanzar juntos, siempre alentados por la curiosidad literaria, filosófica, cultural, marcaría unos primeros años en los que debatían sobre la rutilantemente novedosa mirada que propuso Keats sobre el alma mientras enfrentaban los sinsentidos del macarthysmo a fuerza de ideas y vigor primordial.

Así, Halkin plantea las contingencias del despertar a una vida adulta... que Ricky no procesará bien. Después, ahonda en el inagotable laberinto de la vida en pareja devanando el sólido tándem que acabarían formando Hoo y Mellie, los protagonistas.

El resultado es una novela apasionantemente tranquila que respira esa calmada distancia del que narra tras haber visto la vida pasar, un poco al estilo del Stoner de John Williams, si bien el talante guerrillero de Halkin le impulsa a romper frecuentemente la narración con pequeñas acrobacias, desvíos formales que, sin ser molestos ni muy llamativos, aportan un punto de imprevisibilidad al relato, como si a través de la forma el neoyorquino (1939) insistiera en advertir que nada es lineal, que todo está sometido al imprevisto. Su triunfo radica en que estas “transgresiones” esporádicas pero regulares aparecen naturalmente encajadas, sin distraer. El lector puede notar que algo pasa, que algo ha cambiado en el relato, en la forma de contarlo, pero como la novedad no interrumpe el deleite o acaso lo aumenta, se asume sin más.

¿Algún ejemplo de las originales variaciones de Halkin? De repente inserta una retahíla de nombres que introducen una estética distinta en la página; “cuelga” notas de aviso entre los amantes que funcionan a modo de post-its literarios; o incrusta un alfabeto inventado que no incluye traducción, de modo que el lector es invitado a decodificarlo. Botones, en fin, del atrevimiento de un autor que salpica toda la novela con gestos de esta índole, alimentando la expectativa ante la sorpresa que vendrá... ¡como si los alicientes del argumento no bastaran!

Porque al margen de análisis técnicos, estamos ante una bella y dura novela conducida por alguien que ha querido a alguien. Que escarba en las profundidades de ese sentimiento y lo expone en crudo, yendo al hueso. Halkin indaga en las etapas de un amor que ha sido estupendo y mutuo, pero que también puede decaer cuando no se introducen -de nuevo la idea- novedades. Y a las novedades les pone un nombre: hijos.

El último tramo resulta espléndido, beneficiario de la carga emocional del resto de la historia y dirigido magistralmente por un autor que me mantuvo pegado a la butaca de un avión cuando el resto de pasajeros ya empuñaban las maletas para abandonar la carlinga. No me pude mover. Necesité acabar esas dos páginas ahí mismo, olvidado de lo demás, mientras me sacudían oleadas de poderosos sentimientos, electrizado por las esperanzas de un hombre maduro.

Emocionado por él y como él.

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