Cabanyal, Moderna Numancia




Este artículo sobre el barrio de El Cabanyal corresponde a la serie iniciada en el barrio de Gamonal en Burgos (ver anterior entrada en el blog). Las condiciones que encontré a la hora de intentar publicarlo, son idénticas a las mencionadas entonces. Como se observará en algún dato, el artículo fue escrito hace meses... sin hallar quien lo publicara. Tras los resultados de las últimas elecciones, Cabanyal se erige como una victoriosa Numancia.

Casas tapiadas, solares frecuentados por traficantes de droga y tejados y paredes que amenazan desprenderse coinciden en un tramo del barrio de El Cabanyal con fachadas aún preciosas y vecinos de toda la vida. “Esto es Bosnia”, presentan los vecinos, aludiendo al deterioro de la zona que el ayuntamiento de Valencia aún pretende convertir en gran avenida para vehículos que conecte el interior urbano con la playa. Un proyecto que ha recibido el ya famoso nombre de “la prolongación”. Sin embargo, el pasado enero, el ministerio de cultura confirmó al Cabanyal como patrimonio artístico nacional ordenando al ayuntamiento liderado por Rita Barberà que respetara las viviendas. La respuesta municipal fue repartir pancartas que rezan Sí a la prolongación entre los vecinos a favor. “Ahora, Rita está incumpliendo la ley -alegan los afectados-. Ella sabrá”. A fin de cuentas, suman 16 años aguantando el pulso con la alcaldesa que, a finales de los años 90, afirmó que la prolongación se iba a hacer “por cojones”. 16 años. “Creemos que vamos ganar”, afirma Vicente Gallart desde una plataforma que se ha erigido en un símbolo nacional de resistencia ciudadana. Una moderna Numancia. 

“A varios de los que estamos aquí -cenando en la bodega Casa Montaña-, se nos han denegado licencias para rehabilitar nuestras casas o abrir comercios. El propietario de este mismo sitio, que es toda una referencia en el barrio, pidió una licencia, no se la dieron, y cuando a causa del deterioro se cayó una piedra del local a la calle, le denunciaron”, relata Maribel Domènech, la portavoz de la plataforma Salvem El Cabanyal. Domènech asegura que ella misma no hace obras en su casa “porque no me dejan”.

En consecuencia, los edificios han acelerado su degradación minando los ánimos de numerosos vecinos, que han vendido sus propiedades o se han mudado. En la mayoría de estos casos, el ayuntamiento se apropia de la casa y, según Anna Martí, una veinteañera que habita en la finca que heredó de sus abuelos, “si la casa es bonita, la tiran; y si es fea y está en ruinas, la tapian y la dejan en pie, para machacarnos. Esto te afecta psicológicamente. ¿Sabes lo que es ver cómo todas las casas de alrededor van cayendo, cómo la gente se marcha, uno detrás de otro?”. “Vives con miedo -añade Domènech-. Te sientes amenazado constantemente. Pero nunca me he planteado marchar”.

Nunca

“Nunca” empieza en 1998, cuando ante la iniciativa del por entonces gobierno del Partido Popular de ejecutar el plan aprobado diez años antes para abrir una nueva gran vía urbana que traspasara el barrio del Cabanyal, Maribel Domènech, Vicente Gallart y un buen número de vecinos sacaron sus propias sillas a la calle para reunirse por primera vez en asamblea y articular una defensa de las 1651 viviendas afectadas por el plan. Desde entonces, cada miércoles se celebra una asamblea, ya en recinto cerrado.



El primer paso consistió en saber a qué se enfrentaban, y por qué. La historia de la ciudad revela la antigua aspiración de la élite valenciana de “bajar” a la playa evitando rodear el área de los Poblados Marítimos, el Cabanyal entre ellos. Según Gallart, “existía un viejo plan de avenida que se había quedado desfasado” pero la idea comenzó a recuperarse durante el boom de la especulación inmobiliaria. “Todo esto es una pantomima para hacer dinero”, sentencia el Tío Ricardo, que a sus 92 años asegura que “los políticos nunca se acordaron de nosotros, sólo venían a veranear. Pero cuando llegó la fiebre del tocho... entonces sí que les interesamos”. “Y sin tener en cuenta que en 1993 los propios políticos habían declarado al barrio de interés cultural”, añade Gallart.

Funcionarios municipales y empleados de inmobiliarias se deslizaron por el barrio describiendo las ventajas de la prolongación a, por ejemplo, el gitano Antonio Utrera. 
— Yo tenía una casa muy hermosa a tres calles de aquí —dice Utrera—.
Vinieron los de Cabanyal 2010 y me dijeron que si me vendía la casa, ellos me la compraban por 33.000 euros, y que ese dinero me servía para pagar un buen pico de la casa nueva que ellos me vendían por ciento y pico mil en la avenida de los Naranjos, al principio de la prolongación.

—Ay, la ignorancia-, murmura al lado su tocayo Antonio Hernández Jiménez.

— Me dijeron que con ese adelanto -continúa Utrera-, sólo tendría que pagar un alquiler de cien euros. Pero luego resulta que las cuotas mínimas eran de unos trescientos.

— Le engañaron con palabras -aporta Hernández-. Le dijeron que o les vendía la casa o se la tiraban y se quedaba sin nada.

— Y no pude pagarlo. Desde hace unos ocho años vivo aquí con mi padre  — Utrera está sentado en el umbral de una casita con un niño dormido en brazos-. Me pintaron tan bonita la flor...

“La Sociedad Cabanyal ha estado comprando voluntariamente, no expropiando, una serie de casas en ese ámbito — declaraba Alfonso Grau, número dos del ayuntamiento valenciano, en una entrevista para un documental de la productora Aixopluc Films —. Y a la gente que ha pedido realojamiento se la ha realojado en el mismo barrio (…) Hasta hoy no se ha forzado a nadie. ¿Lo que se haría en adelante? Continuar comprando, continuar pagando y continuar realojando como se ha hecho hasta ahora”. “La valoración del metro cuadrado estaba en 485 euros -dice Domènech-. Se compraban pisos por 35.000 y se ponían a la venta por 125.000”. “Aunque hay casos aún más llamativos, como el de un solar de unos 1.000 metros cuadrados en Canyamelar — explica el economista Faustino Villora —. Tras la primera valoración de 480 euros, el mismo metro cuadrado se tasó después entre 1.200 y 1.300 euros. Por eso se interpuso un contencioso. Siempre dijimos que los cálculos económicos del ayuntamiento estaban muy por debajo del precio de mercado y que lo que se nos vendía como proyecto de progreso iba a suponer una ruina para la ciudad y las arcas municipales, aunque algunas personas, eso sí, se iban a llenar bien los bolsillos”.

cabanyal.com
Villora, que actuó como portavoz de Salvem El Cabanyal de 1998 a 2008, observa que, sea como sea, la acción municipal ha tenido sus resultados y “desde la aprobación definitiva del proyecto en 2001 hasta hoy, un 33 por ciento de las propiedades del barrio han pasado a ser públicas”.

— Pues ya que estamos así — dice Utrera —, que hagan la prolongación de una vez y saquen a todos los rumanos del barrio. Mira, de esa esquina para allá, después de las ocho de la noche no puedes pasar. Hay tirones, peleas, ratas, drogas... ¡Si es que ya salimos por Valencia y nos llaman rumanos! Porque como esos rumanos son también gitanos...

— Que lo tiren todo o que lo reparen todo, pero que hagan algo de una vez, que llevo treinta años aquí y esto es una pena —, opina Hernández.

— Mira, yo he salido del centro penitenciario de Picassent  — señala Utrera— , y ahí tal como entran los devuelven directamente a sus países. Pues que hagan lo mismo aquí.

Por delante del umbral cruza una anciana.
— ¿Y usted qué dice, señora?— , la interpela Utrera.

— ¿Yo? -Ángeles García, 81 años. —Yo quiero que hagan el Cabanyal bonito, porque ahora vas por la calle y te tropiezas todo el tiempo con latas, con rumanos...

— ¿Has visto? - habla Utrera-. De la calle Escalante para allí, te enseñan las papelinas con droga en la misma calle. -Pero, ¿esto no debería controlarlo la policía?-, digo.

— ¿Para qué van a venir si cuando se asoman les zurran?-, dice la señora García.

— Hay vecinos -observo- que aseguran que el ayuntamiento está dejando que se caigan las casas para que ustedes mismos pidan que se haga la avenida. Que los políticos están ayudando a esta degradación.

La señora García me encara y, alzando la voz, afirma:

— Eso no es verdad.

— ¿Cómo lo sabe?

— Porque a mi casa vinieron personas del ayuntamiento a contarme lo que van a hacer y lo bien que lo van a dejar todo.

— También fueron a su casa -señalo a Utrera- y ahora ya no la tiene.

— Son gente seria y van a cumplir su palabra-, decide la señora.

 Aparición de los rumanos

Hay consenso en que El Cabanyal estaba “fatal” antes del polémico plan y que la prolongación surgió como una posibilidad de regenerar la zona. Apartado de la ciudad, como el resto de Poblados Marítimos, el barrio era frecuentado por bohemios, buscavidas y algún camello que, a causa de la permisividad policial, halló en estas calles campo franco para su comercio. De todos modos, el tráfico ilegal discurría por unos cauces más o menos asumibles hasta que emergió el proyecto y “esto se empezó a llenar de chusma y de yonkies venidos de toda Valencia”, señalan varios vecinos. Según José Vicente Boix, que regenta el popular restaurante La Pascuala desde hace 22 años, “los gitanos habían controlado siempre el negocio de la droga hasta que aparecieron los rumanos y empezaron los problemas. Ahora, los gitanos siguen a lo suyo, que es el caballo (la heroína), y ahí no se puede meter nadie. Mientras, los rumanos se encargan de la coca y a veces también hacen sus atracos”.


Foto: Fernando Ibáñez Ruíz
La rumorología ha difundido que, en la época en la que el ayuntamiento lanzó su ofensiva para impulsar la prolongación, yonkies, extranjeros pobres y delincuentes fueron trasvasados al Cabanyal por la propia policía desde conflictivos puntos cercanos, como el limítrofe barrio de la Malvarrosa.

Según Domènech, la campaña municipal contra el barrio ha sido implacable: “Un gobierno que había traído la Fórmula 1 y la Copa América a Valencia no iba a tolerar que nadie se le enfrentara”, de modo que “en la época de la Fórmula 1 llegaron a tapar el nombre de El Cabanyal en los indicadores de tráfico. No querían que se nos acercaran los turistas. Para el exterior, dejamos de existir oficialmente”.

Los rumanos se acantonaron en las áreas afectadas por la prolongación, las más degradadas, convirtiéndolas en coto casi privado. “Yo hago la Semana Santa -dice el Tío Ricardo-, y la organización ha prohibido pasar por algunas calles porque los rumanos tiran agua a la gente y nos insultan a todos. El último paso de la Dolorosa por la calle de la Barraca lo hicimos mirando a todas partes, a ver lo que te caía del cielo”.

Los defensores de la prolongación empezaron a culpabilizar a los contrarios al proyecto por el abandono del barrio. Las posturas se enconaron. “La fractura social es lo más doloroso -indica Domènech-. Gente que vive en las mismas pésimas condiciones que nosotros, nos echa la culpa de la situación”. Según la economista y vecina del barrio Sara Qussous, el ayuntamiento se encargó de alimentar la animadversión: “Dijeron que iban a convertir mi calle en un bulevar. A los vecinos de aquella acera, los de los números pares, les dijeron que con el bulevar sus casas se revalorizarían. Eso sí, para eso era necesario tirar las de número impar, las de la acera de enfrente. La de mis abuelos era una casa impar. Eso es presión: saber que los vecinos de la acera de enfrente quieren que destruyan tu casa. A mis abuelos les llegaron a desear que se la tiraran con ellos dentro. ¿Hay algún diálogo posible con gente así? Yo hace años que no me hablo con vecinos de la otra acera”.

Los abuelos de Sara fallecieron. A sus 33 años, ella se mantiene en la casa. En plena “Bosnia”. Su familia se alineó desde el principio en contra de la prolongación, de modo que lleva la mitad de su vida acudiendo a manifestaciones de la Plataforma, y fue en una de sus asambleas donde trabó amistad con una vecina a la que solo conocía de vista pese a guardar una historia muy semejante a la suya, Anna Martí.

Sin embargo, Anna se había mantenido al margen del activismo del barrio. “En casa no estábamos a favor de la avenida aunque mis padres no se implicaron. Hija de un calderero del puerto, con bisabuelo marinero y un abuelo que vendía pintura para barcos, Anna creció jugando en la calle entre fachadas de cerámicas blancas, verdes y azules, como los colores de las barcas que se hacían al mar. Un historial familiar similar al de muchos de sus amigos del barrio, solo que un día los demás empezaron a desaparecer. “Ahí vivía Elena -dice Anna-. Ahí, Mercedes. Ahí, Paquito...”. Sandra, Patricia, Alejandro, Clara y Dani son el resto de nombres que ya no están. “No queda nadie. Ni uno. Cuando era más pequeña fue un poco triste. Pero luego empecé a ir a las asambleas”. En una conoció a Sara, además de a otros “cinco o seis” jóvenes con los que ha formado un aguerrido grupo “de combate”.

Fotógrafa, licenciada en Turismo en paro y primera judoka cinturón negro de su gimnasio, ha dejado de ser comprensiva con las actitudes tibias como las que mantuvo su propia familia y aún cultivan vecinos como Boix, el propietario de La Pascuala. “Hay un momento en el que no puedes ser neutral”, dice Anna.

“Para un negocio no es bueno intervenir -observa Boix-. En mi clientela hay de todo: albañiles, pescadores, gente de Telefónica, de Iberdrola, portuarios, okupas... Con ellos no hablo de fútbol ni de política. Mis ideas me las quedo para mí, ni siquiera mis trabajadores las saben”. Pese a tener claro que “si el proyecto sale adelante, a nosotros nos echarían”, se muestra impasible. “Mi tío me cedió el negocio por un precio simbólico porque ya se veía venir la avenida, aparte de que la concesión del local ha expirado y me podrían echar de aquí en cualquier momento, igual que a la mayoría de comercios del barrio, que son concesiones ya liquidadas y estamos de okupas porque no nos las renuevan. Si un día me plantan el camión de mudanzas en la puerta, a lo mejor lamento no haber hecho nada. Bueno. Si llega el día, llegará. No he luchado, no he apoyado y seguiré en mi línea”. “No soporto esa postura -dice Anna-. Yo he vivido el sufrimiento de mi abuelo, que no sabía si lograría morir en su casa o no”.

“Pero reconozco que tiene mucho mérito lo que hacen algunos -añade Boix-, como mi prima: si la avenida se construye antes de que acabe su concesión, la indemnizan. Pero ella ahí sigue, defendiendo El Cabanyal tal y como está ahora”.

 Ideas

“Estoy muy orgullosa de mi barrio y de la asociación”, dice Sara Qussous evocando algunas iniciativas impulsadas a lo largo de estos años para apoyar su causa, como las visitas guiadas a quien desee asomarse por un barrio adonde no llega el autobús turístico; o el festival Portes Obertes, por el que los vecinos de El Cabanyal abren sus casas a los artistas y, después, a un público que puede disfrutar desde exposiciones a espectáculos de teatro, danza, performances... en domicilios particulares. Cada edición ha recogido entre 160 y 200 proyectos, además de estimular el nacimiento del festival Cabanyal Íntim, ideado en 2011 por Jacobo Julio e Isabel Caballero, que no son del barrio “pero siempre estuve muy cerca de ellos -dice Caballero-. Y vi la forma de luchar a su lado haciendo teatro en las casas”. “Se pueden cambiar cosas mediante el arte. El arte en lucha”, culmina Jacobo Julio. Sorolla, Hemingway, Soledad Sevilla, Juan Genovés, Muntadas... son algunos creadores a los que esta zona ha inspirado de algún modo.

Portes Obertes 2014. Cabanyal.com


Financiado mediante micromecenazgo, Cabanyal Íntim traza un itinerario por el interior de las casas para promover simultáneamente las artes escénicas de vanguardia y el patrimonio artístico de El Cabanyal. Javier Mariscal diseñó el logo de uno de los certámenes sumando su nombre a los de, por ejemplo, Enrique Morente o Patti Smith, que han dado apoyo explícito a los vecinos, además de numerosos cantautores locales como Benito Camelas o el grupo Obrint Pas, el humorista Xavi Castillo...

Al margen del apoyo moral, la plataforma necesita dinero constante para costear abogados, impresión de octavillas, pancartas... de ahí que obtengan ingresos a través de la Lotería de Navidad, de la venta en mercadillos de productos relacionados con su lucha “o de lo que salga”, que Gallart y su amiga Rosy llegaron a ganar 3.000 euros concursando en el programa televisivo Lo sabe no lo sabe.

Hablando de televisión, ¿qué opinan sobre el cierre de Canal 9 y las denuncias de algunos periodistas que trabajaron allí sobre cómo gestionaban sus jefes la información? “Si no fueron transparentes en su momento, ¿por qué salen a hablar ahora?”, dice el librero Pep Martorell haciéndose eco de una opinión generalizada que apunta a la cobardía y sumisión sostenida de los que solo una vez despedidos han criticado la corrupción y la manipulación informativa. “Pues a mí me da pena -dice Sara-. Después de todo era una tele nuestra”. “¿Pena? -interviene Anna-. Pero si al Cabanyal lo trataban fatal y sólo decían mentiras”. “Todo eran noticias diciendo que había que hacer la prolongación. Y casi no había programas en valenciano. En la televisión de Valencia no se hablaba valenciano”, agrega Pep Martorell, que es hijo del escritor local del mismo nombre, aunque al padre le llaman Pepe. Pepe es una institución en el barrio, al que ha inmortalizado en varios libros que resumen su historia. “Nunca había visto a la gente tan triste, tan lejana”, dice el escritor rememorando cómo el ayuntamiento ha afirmado públicamente que las manifestaciones en contra de la prolongación se llenaban a base de autobuses venidos de Catalunya y Andalucía, “una mentira tras otra con el redoble de Las Provincias y Canal 9”.

“Sí, nos han pegado bien -dice Domènech-, hasta huelgas de hambre se han hecho -cinco personas en el años 2000-. Podríamos estar todos en el psiquiatra. Pero se han conseguido tantas cosas... que sigues encontrando fuerzas. No existe otro barrio con una literatura tan extensa. Hay estudiantes que de aquí sacan ideas para masters o proyectos de final de carrera; gente que viene de fuera a conocer el barrio. Gracias al Portes Obertes, fuimos en coche a buscar la obra valenciana de Centelles, el fotógrafo, y volvimos con 270 fotos para exponer”. “Organizamos El compromís de l'escriptor y trajimos a autores increíbles -continúa Gallart-. Hemos llegado a personas interesantísimas que jamás habríamos conocido de otra forma. Hasta estamos hermanados con un barrio de Hamburgo que se salvó enfrentándose a un proyecto especulativo como éste”.

Un hito fue el viaje de diez vecinos a Grecia para recoger el premio Europa Nostra, que celebra la conservación del patrimonio. Asimismo, la World Monuments Foundation, que ayuda económicamente a patrimonios en peligro, propuso que El Cabanyal optara a alguna de sus ayudas -la máxima era de cerca de un millón de dólares- para restaurar el barrio. “Pero nunca me presentaron su candidatura -dice Pablo Longoria, director en España de la WMF-. Si un gobierno no da apoyo, nosotros no vemos la viabilidad del proyecto y no seguimos adelante”. ¿Quiere decir que habló con alguien del ayuntamiento? “Con Alfonso Grau, el número dos de Rita Barberà. Grau dijo que no entendía de dónde había salido esa posible candidatura y que el tiempo de negociar con El Cabanyal ya había pasado así que no tenía nada que hablar conmigo. Es una lástima porque lo que está ocurriendo en ese barrio es un auténtico atentado urbanístico”.

Renunciar a un millón de dólares podría ser motivo para cambiar el voto pero el Partido Popular continúa gobernando El Cabanyal. Según Pepe Martorell, “Camps -el antiguo presidente de la Generalitat Valenciana- era el tío Paco para los gitanos. Les traía a la Niña Pastori a dos semanas de las elecciones y se los metía en el bolsillo”.

Algunos vecinos consideran insuficiente el argumento de las urnas para liquidar el patrimonio, sobre todo teniendo en cuenta que en las elecciones municipales de 2011, de los 2.239 electores del Cabanyal acudieron a votar 1307, un 58 por ciento de participación. Al PP le votaron 265 personas, un 27 por ciento del censo. “¿Esos 265 votos son su aval para la destrucción del barrio?”, se pregunta Domènech.

Según representantes de las diversas plataformas en defensa del barrio, a lo largo de 16 años han enviado varias cartas a la alcaldesa Rita Barberà solicitando reunirse para tratar el tema. Barberà ha delegado siempre en Alfonso Grau, con quien los vecinos llegaron a encontrarse dos veces. “La primera no duró nada, tenia que irse a un entierro. La última, el pasado mes de abril, nos dijo no a todo”.

Efe


Al intentar contactar con Grau para este reportaje ni siquiera logré hablar con el responsable de prensa del ayuntamiento. Siempre recibí la respuesta de que “estaba reunido con la alcaldesa”, y aunque dejé mi teléfono nunca me devolvieron la llamada. En el intervalo, Alfonso Grau ha sido imputado por el juez Castro en el caso Nóos por los presuntos delitos de prevaricación, malversación de fondos públicos, fraude a la administración y tráfico de influencias.

“Aparte de lo de cambiar de sitio los colegios electorales -añade Anna-... yo antes tenía uno delante de casa y ahora debo cruzar la vía para ir a votar”. “Prefiero no hablar de ese tema -dice Amadeu Sanchís, coordinador general de Esquerra Unida del País Valencià-. El caso es que estén donde estén los colegios, el PP ha perdido las últimas elecciones europeas por goleada. Los vecinos les han desautorizado. Los de la oposición hemos ganado y esto significa que habrá cambios”.“Pero sí, han movido los colegios electorales”, confirma Boix, el de La Pascuala, donde un comensal asegura que “el verdadero campeón ha sido Zaplana, que ha robado más que ninguno y a éste nadie lo imputa”. Luego, cuenta una historia de licencias para antenas telefónicas. “Venía él o uno de su gobierno y te decía que si querías poner la antena, le soltaras 60.000 euros. Así, tal cual. Sin factura. En mano. Tú decías, hombre, es que esto no es legal. Muy bien, pues adiós. ¿Y qué hacías? Tu compañía se estaba gastando un dineral por expandirse en España y si no pagabas ese dinero, te quedabas sin señal. ¿Sabes cuál es el problema? Que ni siquiera puedes publicar esto porque como lo hagas te cae la del pulpo... o a mí. Pero no vas a poner mi nombre, ¿verdad?”.

En Valencia, la corrupción ha alcanzado cotas magníficas y buena parte de la población está implicada de algún modo. Fuera de entrevista, varios valencianos hablan con normalidad de amaños, sobornos, tratos de favor. Es un asunto doméstico que se ha asimilado, un poco por resignación y otro poco porque hasta ahora resultó rentable, dando pie a una red de secretos y dependencias que ha motivado un prolongado inmovilismo ideológico, si bien en lugares como El Cabanyal se abren grietas que amenazan resquebrajar el status quo que se impuso en la época de vacas gordas. Hay gente que está cambiando de opinión. “Esa pancarta es una novedad -dice Anna señalando al balcón donde se pide No a la prolongación-. El hombre que vive ahí siempre había defendido la prolongación. Hace unas semanas se pasó por una asamblea, compró una pancarta y ya ves”.

Tras llamar a su interfono, José Francisco Castro baja al portal del edificio. Lleva sus cincuenta años de vida en El Cabanyal “y lo que quiero es que saquen de una vez a la chusma. Al principio pensé que lo harían con la prolongación pero los camellos y los yonkis de toda Valencia seguían pasando por aquí sin que la policía hiciera nada. Desde mi casa veo cada pelea... y de pronto, hará unos cuatro o cinco años, empiezan a aparecer rumanos a montones. El ayuntamiento los sacaba de Nazaret y La Malvarrosa y se los traía aquí a meterlos en las casas vacías”. Esto es una suposición y con suposiciones... “Cómo que suposición. Yo he visto a un policía que acompañaba a un grupo de rumanos pegar una patada a una puerta y decirles: venga, adentro. Para vosotros. Yo lo he visto. Ahí delante se metieron. Y no sé si se lo alquila el ayuntamiento o no pero esas casas no tienen ni electricidad. Y como haya un problema, tranquilo, que la policía hace lo posible por no llegar a tiempo”, coincide Castro con la mayoría. “Tenemos constancia de varias denuncias de vecinos que afirman haber visto a rumanos acompañados de policías entrando en casas vacías -corrobora Sanchís-. Pero desde luego que no pagan un alquiler: no tienen a quién pagarlo. El ayuntamiento no sabe que están ahí”.

“Antes, en esta calle había tiendas -prosigue Castro-. Ahora no. Bares, todos los que quieras, a ésos sí les dejan, pero tiendas... Así que he cambiado la pancarta del Sí por la del No, porque quiero que esto se rehabilite de verdad. Y creo que se puede hacer con buenas ideas como ésa que proponen los de la asamblea de alquilar pisos a estudiantes, por ejemplo”.

En los planes de la plataforma está convertir El Cabanyal en un centro de referencia para Erasmus construyendo incluso un Bed & Breakfast; acabar con los campos de fútbol que impiden que el barrio desemboque directamente en la costa, y vincularlo al Paseo Marítimo; o potenciar el uso de la bicicleta para derivar en la playa, si bien el ayuntamiento ha prohibido meter bicis en la arena (pese a disponer de un parque insuficiente para estacionar esos vehículos cerca del mar).

De cualquier modo, el reciente dictamen del ministerio a favor de la conservación del barrio ha invertido los papeles y si en mayo de 2008 la plataforma estuvo en la picota tras la desfavorable sentencia del Tribunal Supremo -”lo tuvimos perdido”, asegura Gallart-, ahora son ellos quienes presionan a la alcaldesa.

¿Cómo ha sido posible invertir la tendencia? Domènech: “En 1999, habíamos iniciado el trámite para denunciar un expolio de patrimonio artístico... y ese trámite llegó en 2009 al mismo tribunal que un año antes había dictado sentencia en contra nuestra. Entonces, el Supremo obligó al ministerio a que declarara si había o no expolio del patrimonio. El gobierno, que era socialista, promulgó una orden ministerial por la que se paralizaba el proyecto del ayuntamiento”. La respuesta municipal fue acatar, si bien arrogándose el poder de conceder licencias para rehabilitar viviendas según inciertos y subjetivos criterios que hasta ahora han permitido que la alcaldía prácticamente paralice la restauración del barrio sin que pueda ser acusada de prevaricación.

Aun así, el 6 de abril de 2010, el ayuntamiento aprobó el derribo de varias casas, consumándose la demolición de cinco de ellas pese a que los vecinos salieron a la calle masivamente en una manifestación silenciosa “al estilo Gandhi” (Domènech) que ejecutaron situándose entre las excavadoras y las viviendas que debían ser derribadas. La acción se saldó con duras cargas policiales y la posterior paralización definitiva de los derribos ordenada desde Madrid. De momento, Cabanyal 2010 tuvo que cambiar de nombre. Ahora el plan se difunde como Proyecto Cabanyal Canyamelar.

El regreso al gobierno español del Partido Popular no ha variado la postura del ministerio. “En enero dieron tres meses al ayuntamiento para que permitiera las rehabilitaciones y el tiempo ya ha pasado. El jefe de la patronal ha dicho que el ayuntamiento tiene retenidas treinta licencias de obras”. Son seis años sin poder rehabilitar El Cabanyal. “Es que esto se ha convertido en un reto personal para Rita”, afirman en distintos momentos Pepe Martorell, Boix, Villora, el Tío Ricardo y Anna Martí, que añade: “Rita quiere salir en los libros de Historia. Y lo hará: como la gran despilfarradora”.

“El ministerio está diciendo a la alcaldesa que debe cumplir con lo que le han ordenado”, afirma Pepe. “¿Es que no está bien asesorada? -dice Qussous-. Porque ahora está cometiendo una ilegalidad. La justicia nos ha dado la razón. No nos puede dejar encarcelados teniendo la razón, ¿no? Es totalmente injusto”. Varios vecinos insinúan que si el proyecto no se ha ejecutado ya ha sido por el cataclismo que sacude a las arcas valencianas y que Barberà está esperando a recuperar la economía para asestar el golpe final. “Nada de eso -responde Qussous-. Llevamos 16 años. ¿Es que antes no había dinero? No. Lo que pasa es que no ha podido con la lucha de la gente que ha salido a defender sus derechos. Antes he dicho que me sentía orgullosa, pero no, no es orgullo. Es que cada uno es de donde es y quiere estar cerca de lo que quiere, con la gente que quiere. Si alguien desea quitarte eso, que empiece por tener bien claro dónde se mete... aunque lo más probabale es que ni siquiera pueda imaginar con qué fuerza lo vas a defender”. “16 años”, repite Anna Martí a su espalda.


Gabi Martínez

* “El Cabanyal está a punto de perder el alma. Si el Ayuntamiento de Valencia, en lugar de ser una empresa constructora al servicio de la codicia de los tiburones, hubiera sido una empresa realmente ciudadana estos poblados marineros habrían sido cuidados, respetados, restaurados y asumidos desde el principio como un verdadero tesoro urbano; El Cabanyal declarado conjunto histórico protegido, patrimonio de interés cultural está a punto de ser destruido con un plan maquiavélico tramado por el Ayuntamiento”. Manuel Vicent.

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