Lo que sé de los vampiros



Ayer asistí a la cena del premio Nadal y recordar a Francisco Casavella, y el título con el que ganó este premio, ha sido inevitable. Casavella hizo intuir una apuesta verdadera por los escritores purasangre. Ya no era joven, pero casi, y de ese modo su elección también avalaba más o menos el sentido original del premio de proyectar a autores de las últimas generaciones. Ayer ganó un buen escritor aunque su edad destruye definitivamente aquel gesto con Casavella. En cuanto al ganador del Josep Pla... Rafael Nadal, un periodista presente en numerosas tertulias televisivas que se abrazaba a Artur Mas tras la victoria. Le concedieron ganar con su primera novela, una obra bastante autobiográfica, según él. Mientras, la cena, menos concurrida que otros años, desprendía un no sé qué de funeral, con otros periodistas hablando de los cierres inminentes de varios medios de comunicación y de los recortes salariales aplicados a los empleados en los medios que aún resisten.
Podría decir que Destino ha rescatado la vieja -o no tan vieja- forma de reubicar a periodistas, concediéndoles un premio literario para procurarles un pellizco de dinero y fama para que vayan haciendo frente a las dificultades de la crisis. Podría decirlo si yo mismo no fuera escritor y no intuyera que Nadal, el periodista ganador, no es de los que necesitan especialmente esa fama y ese dinero. 
Es temprano pero antes de sentarme a escribir este texto he pensado varias veces sobre su conveniencia (para mí, al fin y al cabo estoy en este negocio). Bueno. Hay días en los que necesitas poner un tope. Esto es un negocio. La crisis está (re) confirmando que los editores premiarán sobre todo a los consagradísimos y a los miembros del club "Servicios Prestados". Hoy, la literatura está llena de diplomáticos. Antiguos ladradores se han reconducido al entrar en la senda de la edición y el reconocimiento. La palabra francotirador, en un tiempo tan reivindicada, ha desaparecido del imaginario colectivo. Cada vez que asisto a un premio tengo más la sensación de que algo, alguna verdad antigua, muere. Estas ceremonias tienen algo de Zombie's party o, sí, como Casavella señalaría, de festín vampiro.





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