Kalash

En las montañas pakistaníes del Hindu Kush sobreviven alrededor de tres mil personas completamente ajenas al Corán. Venden y beben el alcohol que producen, las mujeres pasean con la cara descubierta, de vez en cuando alguna se divorcia. Son paganos. Se llaman kalash. Después de tres siglos conviviendo con el islam consideraban sus valles como “un lugar tranquilo, nada que ver con Swat, lleno de talibanes”, pero la presión musulmana ha comenzado a minar las resistencias kalash. “Existe un programa para suprimirnos”, dicen. “No nos matarán, es algo más sutil: asimilación, disolución... hasta que nos eliminen”. En septiembre secuestraron a uno de sus hombres clave. “En cien años quizá no quedemos ninguno”.




Un grupo de mujeres con vestidos de colores chillones, gruesos collares y exhuberantes tocados se cruza con otras mujeres que ocultan el rostro tras sus velos monocromos y dan la espalda al paso de los hombres. Las kalash saludan a las musulmanas riendo, sin telas que escondan su expresión, y la risa casi parece extraña teniendo en cuenta el crítico momento que atraviesan. La guerra en el vecino Swat -donde en primavera los talibanes emprendieron una ofensiva que desplazó de sus hogares a dos millones de personas- y, estos días, el Ramadán, han anulado la mayor fuente de ingresos kalash: el turismo. Además, el verano extremo ha traído una cosecha de uvas lamentable, todas secas, sin jugo, imposible sacar buen vino de ahí. De todos modos, las mujeres ríen mientras ascienden el monte cargadas con canastos e hijos para recolectar las hierbas que alimentarán al ganado en invierno.


Bumburet, Birir y Rumbur son los tres valles kalash. Incluidos en la región de Chitral, que se integra en la North West Frontier Province, están encajados entre macizos majestuosos donde aún son posibles las nieves perpetuas y a saber cuántas especies animales ignotas, como corresponde a una de las zonas más inexploradas del mundo. En invierno, sólo se puede acceder a Chitral en pequeños aviones de hélices... si acompaña la meteorología.
Hay quien dice que los kalash descienden de las tropas de Alejandro Magno que se aventuraron por estas montañas. Aunque nadie lo pueda confirmar y el etnólogo italiano Augusto Cacopardo asegure que esa teoría no es más que un truco kalash para llamar la atención internacional, para que no les abandonen, el gobierno griego ha asumido la leyenda y periódicamente subvenciona a unos cuantos jóvenes locales para que estudien en Atenas.
“Sois herederos de Alejandro el Grande”, viene repitiendo desde hace dos décadas Athanasius Lerounis, que reparte los meses entre su Grecia natal y los valles. Con apoyo, entre otros, de la ONG Greek Volunteers, Lerounis ha construido desde un museo kalash a escuelas o redes de cañerías. “Los kalash son únicos –ha dicho Lerounis-, un tesoro cultural no sólo para Pakistán sino para el mundo. Es tarea de todos protegerles y ayudarles a mantener su patrimonio”.
Al margen de la conexión griega y del respaldo puntual de algún simpatizante, los kalash no poseen portavoces internacionales ni dinero para viajar, y conseguir un visado les resulta prácticamente imposible. Por eso, palabras como “aislados” y “supervivientes” les definen bastante bien.
Hace más de dos mil años que los kalash habitan la región, entre los 2.000 y los 2.500 metros de altura, compartiendo sus valles con los musulmanes. Pero se calcula que si hace cuarenta años los paganos aún eran clara mayoría –convivían con un veinte por ciento de fieles al islam-, el número de musulmanes actual supera el cincuenta por ciento. Y sigue creciendo.

Adiós turistas 

“Aunque Chitral es seguro, cada día llegan noticias de lo que han hecho los talibanes al otro lado de las montañas. Es peligroso salir de aquí. Cada vez tendremos más presión para convertirnos. La región se radicaliza”, observó hace unos meses Wazir Zada, presidente de los Human Rights Monitoring Comitees (HRMC) y portavoz kalash ante el gobierno pakistaní.
En efecto, la situación ha empeorado.
¿Los orígenes del conflicto? Parece que los primeros kalash provienen de tribus indoarias que se repartieron por los valles y planicies de Chitral, pasando a formar parte del antiguo Kafiristán, el País de los Infieles. Los kafires tenían fama de guerreros salvajes, indomables, sin Dios. Hasta que Abdul Rhaman Khan, emir de Kabul, les sometió ejecutando un perfecto etnocidio de 1895 a 1900 e imponiendo a sus tierras el nombre de Nouristán -País de la Luz (islámica)-.
Los kalash lograron replegarse en sus actuales valles evitando la islamización y desde aquí presenciaron la conquista británica de Chitral, y su posterior caída. Valles tan hermosos como angostos. Por eso edifican sus casas sobre laderas... proclives a los deslizamientos en las épocas de nieve y lluvias.
“Ése era mi almacén -dice Abdul Khaliq, 48 años, uno de los delegados kalash para conversar con el gobierno -. Una avalancha lo sepultó”. Por encima de la cabaña, de la que sólo se distingue una cornisa, se levantan casas de troncos y madera donde han grabado, sobre todo, soles. El sol es la gran imagen del paganismo, una religión “de la naturaleza, donde el hombre no está disociado del resto de seres vivos y de la materia”.
Los kalash disfrutan su espacio con ibex y markhors –imponentes cabras cornudas-; con lobos, zorros, hienas; con pastores de ovejas Marcopolo y yaks; alguno adiestra halcones; y, si hay suerte, cazan leopardos de las nieves. Beben alcohol –vino y licores de hasta treinta grados-, fuman, pasean a menudo por los tejados de sus casas, bailan entorno a hogueras y permiten a sus hijos decidir con quién se casan. A partir de aquí, no pueden decidir mucho más.
“No hay dinero para nada –dice Abdul Khaliq-. Tengo diez hijos, una mujer y una madre a la que alimentar. Trece personas. El hotel no da para tanto -Abdul gobierna un hotel del que soy el único huésped-. No da para casi nada. Mira tu número de visitante: eres el 233. Es la cantidad de personas que han venido este año a Chitral, ¡a toda la región de Chitral! Y estamos en septiembre. El invierno va a empezar así que, ¿cuántos más pueden venir hasta diciembre? ¿Veinte? Los kalash somos una rareza que interesaba al gobierno porque venía gente a vernos, traíamos dinero. Pero ahora con los talibanes, eso se acabó”.
Por otra parte, muchos de los hoteles “kalash” de los valles los dirigen musulmanes. En Bumburet hay 32 hoteles. Sólo cuatro pertenecen a kalash. Uno de cuatro en Birir. Tres de seis en Rumbur. ¿Alternativas al turismo? “La venta de vino, pero este año...”. Algo habrá que comer. “No hay comida, sólo árboles –responde una mujer mientras ata raíces de hierbajos-.
Los nogales que teníamos nos los compraron los musulmanes a cambio de pequeñas cantidades de azúcar, té, arroz o sal. Y ahora les pagamos hipotecas exageradas para comer las nueces que dan nuestros propios campos”. ¿Por qué los vendisteis? “Necesitábamos ese azúcar. Ese té. Ese arroz. Esa sal”.
Los musulmanes también están comprando las tierras bajas, las más productivas, desplazando a los kalash a las alturas estériles. De todas formas, los compradores tampoco renuncian a las casas más altas, si son buenas. Y Abdul posee una de ellas. Está vacía desde que su último inquilino fue asesinado hace siete años –“nadie quiere alquilarla”- pero Abdul no va a vender. Es una casa simbólica: la última construcción kalash en la zona alta del valle. “Si les doy la casa, empezarán a bajar. Estarán arriba y abajo. Ya nada los detendrá”.
Las dificultades económicas están enconando las relaciones.
“Los musulmanes quieren nuestras tierras y por eso dicen que no deberíamos estar aquí –señala Abdul-. Si los abuelos de mis tatarabuelos ya vivían en los valles... ¿quién debe abandonar esta tierra?”.
Sin embargo, la tentación de una vida mejor está venciendo algunas resistencias kalash, y aumentan las conversiones al islamismo. Casarse con un musulmán es la fórmula habitual. Antes de 2007, la media anual de conversos no solía llegar a seis. En 2008, fueron seis. En septiembre de 2009, ocho kalash se han convertido al islam en Bumburet. “Si seguimos así, desapareceremos”.
 -¿Te casarías con un musulmán?-, pregunto a Guol Asmat, la hija de 16 años de Abdul.
- Estoy prometida con un chico kalash.
- Pero si rompieras con él…
- Ninguno de mis hijos se casará con un musulmán-, dice Abdul, quien en un momento de penuria vendió la nevera y el generador eléctrico para lograr un préstamo del banco. Ya ha empezado a devolver el dinero con lo que gana vendiendo las nueces y guisantes que él y su familia recogen.
En invierno, eso sí, Abdul se va dos meses a Peshawar o Lahore a trabajar en hoteles como recepcionista nocturno o botones. Sabe ocho idiomas -“yo aún pude recibir una buena educación... supongo que me ayudó ser hijo único”-, así que a veces también consigue unas rupias por hacer de traductor. “Pero en los valles no me puedo quedar. En invierno no se puede hacer nada. Me moriría de pena”.

Quién eres

La existencia de cinco escuelas kalash es más que nada un gesto político porque en ellas sólo pueden estudiar niños hasta los cinco años. “Y de todas formas se les debe enseñar El Corán”, dice Sher Alam Khan, profesor de primaria. Los que continúan estudiando ingresan en colegios musulmanes. “Les aleccionan en su fe. Pero luego vienen a casa y nosotros les recordamos quiénes son”, dice un padre kalash. Los estudios superiores implican enviar a los chicos a alguna ciudad más o menos lejana, un gasto inalcanzable para la mayoría. “Sólo un cinco por ciento de los kalash sabe leer –dice Nabaig, el abogado oficial de los kalash-. Los restantes son analfabetos. La mayoría son pobres. Y el gobierno no hace nada por ayudarles, le interesa mantenerles en su actual situación”.
Samsan no sabe leer ni puede escuchar noticias porque carece de radio, televisión e internet pero está dispuesto a dar la mejor educación posible a sus cuatro hijas, “y que sean doctoras, periodistas... lo que ellas quieran”. “Nosotros ahí no tenemos nada que decir”, sentencia Tsran, la madre de las niñas.
La notable libertad de elección de las mujeres kalash contrasta con el carácter “impuro” de su femineidad, que las condena a una serie de prohibiciones y obligaciones, como la de encerrarse en unas casas comunales denominadas bashalis cuando tienen la menstruación y durante la cuarentena postparto.
La geóloga francesa Claire Gaillard pasó una regla en un bashali. Al entrar, encontró a siete mujeres y cinco bebés en una habitación de cuatro metros por tres, sin lavabo, donde empleaban ceniza como desinfectante y el agua servía igual para beber que lavarse. En su diario, Gaillard describiría la situación como “propia del Paleolítico Inferior”.
“No hay una institución que eduque a las mujeres ni doctoras en el Centro de Salud de Bumburet, así que nadie puede atenderlas convenientemente cuando están en el bashali y muchas mueren en el parto”, dice el portavoz Wazir Zada.
De cualquier modo, los bashalis son tributos llevaderos –“¡Mira a las musulmanas!”- para estas mujeres alegres, asombrosas tejedoras, con cuyos tocados se proclaman fértiles y orgullosas de su identidad. Entre los hombres, los hay de ojos azules y tez blanca, y se afeitan a diario, de manera que aun vistiendo igual que sus barbudos vecinos, se distinguen. También les gusta ponerse plumas en los gorros o el pelo y varios musulmanes han copiado la idea de acoplarse flores encima de la oreja, si bien las influencias generalmente apuntan en la dirección inversa.
“Los últimos dos o tres años los musulmanes han cambiado el nombre de un montón de pueblos –dice Sher Alam Khan-. El antiguo Bribos ahora se llama Shikanandeh. Barakush ha pasado a ser Waliabad. Chaidesh es Ahmadabad. Mulabashei, Kasiabad. ¿Por qué? Si ésta es nuestra tierra desde hace miles de años. ¿Por qué?”.
El gobierno de Chitral admite las modificaciones islamizantes mientras mantiene los valles sin cobertura telefónica.
“Tendieron los cables, hubo una avería y desde entonces estamos sin teléfono en Bumburet. Como en el resto de los valles. Para comunicarnos, hay que bajar a Chitral. De eso hace tres años. Necesitarían tres días para arreglarlo. Pero no viene nadie”, señala Malik Sha, un kalash veintañero y sin trabajo. “Además de una red de comunicaciones –dice Wazir Zada-, necesitamos que el gobierno invierta en sanidad, escuelas, educación y carreteras –a menudo se despeñan automóviles por escalofriantes abismos sin vallar. El asfalto es una utopía-. Y dinero para reconstruir nuestras viejas y dañadas casas. Suministro eléctrico. Reparar las farolas...”.
-Usted es el principal representante kalash, ¿qué le dice el gobierno?
-El gobierno pakistaní tiene hoy otros problemas que solventar antes que protegernos. Si ni siquiera logra proteger a sus propios políticos, mire a Benazir Bhutto.
Según Zada, sus vecinos musulmanes aprovechan la dejadez gubernamental para seguir asfixiándoles. Las cinco plegarias cotidianas son una discreta forma de tortura. “Ponen los altavoces muy fuerte. El verano de 2007 intentamos cortar los hilos de los altavoces... pero no pudimos hacer gran cosa”.
“No somos esclavos ni limpiamos el retrete de otros. Tenemos nuestro propio retrete –dice Abdul-. Pero está claro que no somos iguales. A los que no son de su religión, los musulmanes los tratan como animales”.
Paradójicamente, esta tensión no se percibe en la calle. Los kalash se consideran maestros en ironía, en disimulo. “Me cruzo por la calle con gente que me presiona pero me los saco de encima con buenas palabras”, dice un hombre que quiere aparecer en este artículo con el nombre de Alejandro.
Las infraestructuras continúan en un estado peregrino. Los dos meses sin lluvias emponzoñaron los depósitos de agua potable de Birir, donde se ha extendido el cólera. La cumbre del desprecio y el abandono la representa el cementerio kalash de Bumburet. Huesos humanos se desparraman por el suelo junto a las maderas partidas por los saqueadores. La costumbre kalash de despedir a los muertos con sus pertenencias en ataúdes al aire libre, la formidable miseria de los valles y la falta de respeto hacia los “infieles” ha provocado este escenario de escalofrío.
“Todo empezó hace unos veinte años”, dice Abdul.
¿Consecuencias? Los kalash cambiaron su rito funerario: han pasado a enterrar a los muertos. ¿Y la policía no hace nada? ¿Las autoridades?
“A ver: ¿por qué los kalash se permiten tener ese cementerio? Yo protejo mi hotel. ¿Ellos no pueden poner un guarda que cuide de sus tumbas?”, dice Siraj Ulmulk, propietario del mejor hotel de Chitral, a un par de horas de los valles. Ulmulk desciende de una familia de mehtars, príncipes que dominaron la región sin demasiadas contemplaciones. Es musulmán.
“Estudié diez años fuera de aquí, en un colegio de monjas católicas, pero no me convirtieron”. Su padre gobernó Chitral durante 42 años, “no como ahora, que ningún político dura más de tres años”.
“Y si no, el griego –continúa Ulmulk-. Si quiere ayudar a los kalash, ¿por qué en lugar de un museo que le ha costado una fortuna no invierte en el cementerio? Los muertos son mucho más importantes para una cultura que esos edificios bonitos.
¿Por qué debe preocuparse el gobierno? Los lugares son de las personas y son ellas las que deben velar por ellos”.
“Al menos el hotel sí está protegido. Tengo un revólver –dice Abdul-, aquí todo el mundo va a armado. Lástima que también vendiera el kalashnikov. Pero puedes estar tranquilo, por las noches un vigilante patrulla el hotel. Tiene órdenes de disparar si ve a alguien. Antes de preguntar, dispara, ésa es mi orden”.
He intentado hablar con Athanasius Lerounis dos veces, y no hay forma. Es raro, no cuesta encontrar a nadie en el valle. Lerounis dispone de cinco vigilantes armados pese a que todo el mundo insiste en que el peligro talibán se concentra sobre todo en Dir –el último sitio donde fue visto Osama Bin Laden- y en Swat. “Chitral está tranquilo” sigue siendo la cantinela común, pero a diario continúan llegando noticias sobre un vecino que fue asesinado el otro día en Afganistán, a pocas horas del valle; sobre los talibanes que están huyendo de Swat a las montañas tras el bombardeo del ejército pakistaní... “Bueno, aquí no vendrán a hacer daño, yo duermo tranquilo –dice Abdul-. Los talibanes no tienen nada contra los kalash, creen que somos inocentes”. ¿Cómo lo sabe? “Porque vinieron unos talibanes de vacaciones y me lo dijeron. Además, las montañas son muy altas y los Chitral Scouts –cuerpo militar del ejército pakistaní- las vigilan. Si entraran no les sería fácil escapar. No se arriesgarán. Eso sí, los Estados Unidos deberían limpiar los valles de una vez”.




 Ayuda

Septiembre 2009.
El día de mi marcha se difunde la noticia de que un comando formado por más de doce hombres ha matado a uno de los guardas de Lerounis y ha secuestrado al griego. Son talibanes, piden dos millones de dólares de rescate y la liberación de tres de sus líderes.
Siete años antes, el zoólogo hispanofrancés Jordi Magraner había sido el hombre asesinado en la casa que Abdul no quiere vender a ningún musulmán. Magraner había conseguido financiación para los Narradores de la Tradición Oral, un grupo de profesores kalash que transmitían a sus jóvenes la historia de este pueblo. Magraner no llegó a Bumburet sólo por los kalash, pero terminó siendo importante para ellos.
“Cuando alguien intenta ayudar a los kalash, le cortan el cuello”, dice Sher Alam Khan. Así fue como murió Jordi. Estoy investigando su vida.
“Jordi quería resolver para siempre nuestros problemas. El griego y otra gente pueden arreglar cosas concretas, pero lo que Jordi proponía era sacarnos de aquí para que viviéramos sin este sentimiento de peligro”.
¿Sacarlos? ¿Cómo? “Dijo que había que hacer llegar nuestra historia a la ONU, que ahí hay muchas naciones y están pagando mucho dinero para ayudar por ejemplo a los refugiados afganos. Los talibanes pueden atacar en cualquier momento y vosotros sois muy pequeños, aquí estáis inseguros, eso me decía. Pero, ¿dónde llevas a tres mil personas? ¿Cómo consigues billetes para tanta gente? No tenemos dinero ni lugar. Somos extraños aquí, pero también fuera. Somos paganos”. Mientras escribo estas líneas ocurre algo insólito: los kalash de los tres valles se están manifestando por primera vez en Chitral. Wazir Zada se pregunta cómo más de una docena de individuos han podido entrar y salir tan tranquilos de Bumburet, y exige que se rescate a Lerounis. Pide que el ejército se despliegue en los valles. Si no, se plantea una emigración masiva. No saben cómo lo harán, y si lo hacen, adónde irán, pero están desesperados. La palabras del Paraíso perdido de Milton retumban hoy en los valles:
“... Más quebrados que esto, ¿qué sería sino muerte y extinción?
¿Qué temer entonces? ¿Dónde cabe duda”.
Los kalash sienten que sin su último portavoz, sin el hombre que les conectaba al exterior, están vendidos. El terror se acerca. Por eso han empezado a gritar. Esta gente pide auxilio.

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