La fiesta de vivir

 
 El viaje europeo desde una comodidad más bien burguesa tiene representantes tan significativos como Lawrence Durrell (Las islas griegas) o Sándor Márai (Confesiones de un burgués), si bien el retratista de lugares más soberbio y sistemático quizás haya sido Josep Pla. Sus Cartas de Italia son una cumbre del género, el producto más destilado de un trotamundeo memorable. Pla llegó a Génova como periodista y, entre idas y venidas, residió en Italia cinco años, sublimando su decantación mediterránea. “Mientras el mundo exista, el viaje a Italia será una de las obras más nobles que el hombre podrá llevar a cabo”. El libro es, por supuesto, luminoso. Pocos escritores han festejado la vida como Pla. Desde el uso del tomate para condimentar pastas –“no hay espíritu posible, ni poesía imaginable sin una determinada cantidad de spaghetti”- a la preeminencia familiar de la Mamma en aquel paraíso de piedras -“la arquitectura es lo que engrandece, agiganta a Italia”-, todo lo aborda el catalán con su refinado puntillismo irónico, alternando comentarios de antropólogo con sentencias filosóficas, de sociólogo o populares. Pla fue un sabio y un observador renacentista, así que en Italia se encontró en su salsa, animado por un conocimiento profundo de los creadores –Miguel Ángel, Buonarrotti, pero también D’Annunzio o Manzoni, y Piero della Francesca o Gozzoli. Aparte de los Médicis, cómo no-, a quienes hizo desfilar muy naturales ante las iglesias, los campaniles, pinturas o palacios que valoraba con divertida erudición y apoyándose en antiguos visitantes, en Stendhal o Valéry, pero singularmente en Goethe y Vasari, cuyo libro Vida de los mejores arquitectos, pintores y escultores italianos le acompañó todo el viaje. Y como Pla posee el don de los más grandes, la sencillez, todos esos nombres hermosean la lectura que presenta a Albi, a la Florencia por la que Pla siente debilidad, llega a la límpida Toscana, a Siena –“el cielo aquí continúa estando en la tierra”-... Mientras, el autor no escatima placeres. Bebe vinos de Barolo o Valpolicella, se entusiasma con Venecia, se regala el mejor café de Europa en terrazas amalfitanas y estudia los diversos tipos de macarrones antes de imprimir la estampa de los olivares en Brindisi. Se ocupa de Italia casi entera, excepto Roma, limitada a dispersas alusiones. El efecto último es de un perfecto equilibrio entre la vida de la calle, los paisajes naturales y los espacios intervenidos –maravillosamente- por el hombre. De cada lugar se guarda una esencia, como un perfume, y un puñado de lúcidas reflexiones, a menudo bien graciosas, que hablan de una imaginación literaria superior. Perugia, mirador de Umbría; los coraleros de Torre del Greco; el ganduleo en plan forestiere por una Bari “donde no hay nada que ver”... todo es simplemente inolvidable, tan magnífico en su naturalidad que eleva el mito de Italia aún más. Por eso cabe aclamar a Pla cómo él aclamó a los artistas venecianos, porque comparte la cualidad de haber firmado una obra en la que no hay “nada sometido a un convencionalismo escolar”. Cartas de Italia, en fin, supone un hito en la vastísima obra de uno de los viajeros literariamente más prolíficos y geniales que haya dado España.

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