La censura falló y ahora... El Hierro



...y ahora que El Hierro tiembla –vuelve a temblar- las alarmas se disparan y por las Canarias se extiende una cierta sensación de sorpresa, como si la actividad volcánica fuera algo inesperado. Parece que ahora nadie recuerda las reiteradas advertencias sobre el peligro de erupciones que venían realizando los expertos desde hace años. Y aún menos se recuerda, desde luego, qué ocurrió con mi libro Diablo de Timanfaya. 

Han pasado más de once años desde que el periódico Canarias 7 instigó una campaña contra el Diablo apoyándose en el gremio de hoteleros canario. Por entonces, yo acababa de ingresar en la literatura de viajes y aquella era mi segunda incursión en el género. Recorrí las Canarias siguiendo el hilo de los volcanes, tan fundamentales en una zona de tránsito entre una corteza oceánica y otra corteza continental que dan por resultado un archipiélago volcánicamente aún activo. De hecho, Tenerife, La Palma y El Hierro poseen puntos calientes, y esto quiere decir que son islas susceptibles de eructar en cualquier momento. Señalar esta posibilidad desagradó a algunas personas influyentes en las islas. Pero aún más les molestó que Diablo de Timanfaya comentara el peligroso auge de la especulación inmobiliaria en Canarias, donde los constructores habían situado en primera línea de mar varios hoteles y apartamentos pese a las contraindicaciones de unos vulcanólogos que temían –temen- que los movimientos sísmicos pudieran dar lugar a tsunamis que arrasaran esos edificios.
Una geografía estructurada desde el turismo no admite nada que cuestione el paraíso que oferta, de modo que primero desde el Canarias 7, después desde el gremio de hoteleros, los lectores del periódico y finalmente el Cabildo Canario, se me acusó de bastantes cosas.

Lo más curioso es que todo esto ocurrió en el margen de cinco días, sin que el libro se hubiera distribuido en librerías, basando todas las argumentaciones en los extractos tendenciosos propagados desde el artículo de Canarias 7. Varios lectores entraron al trapo con fantasía, suponiendo que yo había escrito contra las islas Canarias –así lo divulgaba el periódico- porque alguna indígena me había dado calabazas. Muchos subrayaron mi procedencia (“catalán” y “godo”) y alguien afirmó que escribí el libro bajo el influjo de “drogas psicotrópicas”. Los hoteleros pidieron la retirada del libro y el Cabildo acató, enviando una carta a mi editorial de entonces, Plaza & Janés, solicitando que el libro desapareciera de las estanterías. Esos días compartí un par de ruedas de prensa con el escritor mexicano Jorge Volpi, mexicano y abogado, que al leer la carta del Cabildo dijo: “Esto es censura. Esto no pasa ni en mi país”. Plaza & Janés respondió con una digna misiva reivindicando la libertad de expresión y al menos Diablo de Timanfaya continuó en la calle, si bien prácticamente ningún medio de comunicación se hizo eco de la polémica.

Yo era un escritor joven y mis fiscales se amparaban en la todopoderosa industria de este país, que es el turismo. Un país donde la literatura de viajes no ha crecido demasiado, quizás porque entre otras cosas lo que últimamente se ha esperado del escritor de este género es que publicite los lugares que recorre a base de adjetivos halagadores y que su trabajo sirva para atraer visitantes lo más rápido posible. Como Diablo de Timanfaya no cumplía las premisas e incluso criticaba algunos aspectos de la realidad canaria –pese a que numerosos lectores me expresaron sus deseos de viajar a las islas después de leer el libro-, fue sentenciado.
Ya he dicho que no recibí apoyos.

En 2011, El Hierro se ha puesto en marcha. Se mueve. Las predicciones de los vulcanólogos se han visto constatadas, y no son sino el anuncio de más actividad futura. Como se está observando, tener volcanes en activo no asusta exactamente al turismo sino que en algunos casos actúa como reclamo. En cuanto al problema de los edificios mal ubicados a causa de la especulación, ya veremos cómo lo resuelven. Sea como sea, los movimientos de El Hierro me han reconfortado.

Nadie se excusará por los insultos de hace once años, por el intento de censurar mis palabras, ni reconocerán que al menos una cierta razón había en aquellas páginas. Pero ver que el mundo sigue su curso natural y que la Tierra está, de algún modo, de tu lado, provee de una serenidad muy agradable, estupenda para dormir bien.

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