Un lugar en el palco



Posiblemente esté en un rincón discreto, semioculta tras los pantalones cortos de diseño de Bruce Chatwin y el turbante polvoriento de T. E. Lawrence, quizás observando las barbas de Richard Burton no lejos de la boina de Josep Pla... pero cuando los lectores de libros de viaje miran hacia arriba, ahí distinguen el gracioso vestido con floripondio de fantasía lucido por Jan Morris, que sonríe coquetamente orgullosa de tener su lugar en el palco de los más grandes.
Jan Morris nació en Gales en 1926 y ha dedicado su vida a seguir “el rastro brillante que deja el caracol de la historia” (Robert Musil), escribiendo artículos y libros sobre las personas y lugares que ha conocido. En Un mundo escrito. Viajes, (1950-2000) ofrece una selección de sus textos de medio siglo a los que añade comentarios actuales. Morris se revisita, en fin, haciendo lo que en el fondo siempre hizo: “mirar cosas y hechos y analizar su efecto en mi sensibilidad concreta”.
La autora ha tenido razones muy singulares para ese autoensimismamiento, en tanto que en el apogeo de la Guerra Fría, al formar parte de la primera expedición que coronó el Himalaya o al asistir al juicio del nazi Eichmann, Morris se llamaba James. Y después de un viaje a Casablanca a principios de los setenta, una operación rubricó su nueva personalidad de señora Jan.
Durante todos esos años, Morris musculó una primera persona aún más atenta a su propia circunstancia, a sus raíces y anhelos, y en su obra ha sido determinante la conciencia de pertenecer a los restos de un imperio. Por eso, buena parte de los textos, entre ellos muchos de los más incisivos, atañen a lugares que recibieron alguna fuerte influencia británica. Uno de los hitos de Morris es la trilogía Pax Britannica, para la que viajó durante casi diez años por un buen montón de ex colonias, y desde luego que este libro incluye varios extractos de aquella Pax. (Otros libros destacados de Morris han sido Venecia, Coronation Everest o Conundrum)
Un mundo escrito avanza por décadas. En las primeras dos se atisba un Morris brioso, atrevido, aunque desigual. Ataca bien los textos sobre ciudades intensas, sobre todo si hay peligros acechantes, pero a menudo se desbrava en descripciones excesivas que no transmiten la esencia de las atmósferas, elemento imprescindible para entender un lugar.
En los setenta, da un giro decisivo. Va aparcando su estilo realista a favor de un impresionismo inspiradísimo en el que consigue destapar el corazón de los sitios. Sintetiza iluminando, comprime siglos de historia en brochazos clarividentes que le permiten conclusiones panorámicas a la altura de los textos más lúcidos de, en otro género, George Orwell. Al aludir a una cualidad de la ciudad india de Darjeeling, Morris resumirá su propia facultad para recrear en cada texto “un microcosmos (...) reducido a un tamaño más claro y manejable y provisto de dosis dobles de adrenalina”. 
Aunque su adrenalina, siendo mucha, fluye de un modo distendido, incluso contenido, inequívocamente british. Y del mismo modo elegante, golpea sin piedad los morros de ciudades como San Francisco o Viena. A Sydney es capaz de atizarle durísimo pero dicharachera, con buen humor, a la vez que aplaude sin menoscabo sus virtudes, porque Morris tiene la maravillosa habilidad de plasmar los sentimientos ambivalentes, a menudo contradictorios, que nos suelen producir tantas cosas.
De todos modos, no es raro que la galesa adopte una posición y la defienda de un modo más bien artificial con tal de lograr un impacto. Pero su subjetividad es fascinante y, si bien uno puede discrepar rabiosamente con ella, las provocaciones están tan bien hechas, las propuestas estimulan tanto, que prima la satisfacción.
Y así, literariamente pletórica, la autora entra en la década de los ochenta decidida a reflejar las neurosis de su época a través de los lugares. Por eso extraña que nada menos que un australiano –con los guantazos (de seda) que les dio- definiera a Morris como una “Mary Poppins literaria”, y que ella consintiera la etiqueta sin rechistar. Quizás admita coincidencias entre la Poppins y la evidente coquetería que señala a su obra, generosa en cabriolas y presuntas salidas por peteneras que terminan deslizando una imagen estupenda y clave para entender el mensaje, y no olvidarlo. Porque lo que destaca a Morris del gran grupo de colegas viajeros, además de su gran capacidad analítica y su sutil arrogancia, es la imaginación, esa forma de alentar con giros inesperados textos que al fin y al cabo son de no ficción.
En la lista de “lo irritante” podría destacar su facilidad para soltar sentencias y vaticinios que la historia ha desmentido, aparte de permitirse en ocasiones la contagiosa veleidad de dar por sentado el fin de épocas en las que, en breve, tú no estarás. En el último tramo es cuando atiende un poco más a Europa, de forma muy somera, y a esos textos les suele faltar la fuerza y penetración de las espléndidas piezas que dedica a Sydney, Suráfrica o Toronto, por ejemplo.
Lo mejor es que al final se tiene la certidumbre de haberse asomado a una biografía apasionante echando un vistazo a algunas ventanas del último mundo, además de haber asistido a cómo perfecciona su estilo una autora que, cuando fue hombre, se casó con una ceilandesa y tuvo cinco hijos, grupo familiar que ha mantenido tras el cambio de sexo. Y es que Morris es alguien que ha vivido realmente “distinto”. La mujer que ha considerado India “el país más prodigioso”; a Londres, “la ciudad de ciudades”; la que al abordar un nuevo destino su pregunta tipo era “¿a quién he de compadecer?”; y la que se definió como “pagana panteísta” y “pacifista/anarquista”. La ciudad a la que cada década volvió y nunca salió decepcionada fue Nueva York.
Ahora, le inquieta cómo conciliar los aires globalizadores con el cuidado de las identidades minoritarias. La de Gales, por ejemplo. Y le perturba la confusión de la que ha resultado una forma de guerra, el terrorismo, que ha traído nuevos miedos a la palabra “viaje”. Sea como sea, está satisfecha se haber dejado testimonio de una época que no fue especialmente mala para el mundo y concluyó a la par que su historia como reportera: cubrió la retirada británica de Hong Kong. El fin del imperio. Una despedida apoteósica para una vida de palco.

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